sábado, 18 de julio de 2026

LA VENA ZURDA DE ADAM SMITH.

Adam Smith, padre del capitalismo al que los neoliberales invocan como a su santo patrón, sostenía en "La riqueza de las naciones" que el trabajo era la fuente originaria de toda riqueza. No el capital, no la tierra, no el oro: el trabajo.

Coincidencia incómoda con el que sería su verdugo intelectual, Karl Marx, que tomó esa premisa y la llevó hasta sus últimas consecuencias.

Smith describió con crudeza cómo el trabajador, en el estado primitivo de la sociedad, se quedaba con todo el fruto de su esfuerzo, pero tan pronto como la tierra se privatizó y el capital se acumuló, ese producto sufrió dos deducciones forzosas: una para el terrateniente (el propietario), otra para el patrón (el inversor). Eso, en el lenguaje de Marx, se llama plusvalía, aunque Smith lo llamara con otras palabras.

Para colmo Smith identificó un conflicto estructural entre asalariados y capitalistas, una fricción permanente que los manuales de Wall Street prefieren pasar por alto.

Los trabajadores quieren cobrar más; los dueños del capital, pagar menos. Pero la pugna es desigual: el rico puede sobrevivir un año sin empleados; el obrero, ni una semana sin jornal. Y mientras los patrones mantienen una alianza tácita para contener salarios, la ley castiga a los trabajadores que deciden organizarse, mientras premia a los empresarios que hacen lo mismo.

Smith, con una lucidez que debería escocerle a los promotores del término despectivo "zurdo", alertó de que los comerciantes y fabricantes tienen un interés perenne en engañar al público y limitar la competencia para cobrar un impuesto encubierto a sus conciudadanos, sentenciando que cualquier propuesta legislativa que salga de esa clase, advertía incisivamente, debe ser recibida con la máxima desconfianza.

Pero la similitud más incómoda para los adoradores del becerro Smith como el profeta del mercado sin ataduras es su concepción del Estado:

Smith defendió sin ambages que la construcción y mantenimiento de infraestructuras estratégicas, carreteras, puertos, canales, puentes, etc. no podía dejarse en manos privadas, porque los intereses particulares nunca coincidirían con el bien común.

Y fue aún más lejos: sostuvo que el Estado tenía la obligación de financiar la educación de las clases bajas, no por filantropía, sino para contrarrestar la estupidización que producía el trabajo especializado en la fábrica. Un obrero que solo repite un gesto mecánico durante toda su jornada, escribió, pierde toda capacidad de juicio y se vuelve tan torpe como ignorante. La escuela pública era, para Smith, un antídoto contra la degradación humana que engendra el capitalismo.

Así que cuando alguien esgrime a Smith contra el intervencionismo o contra cualquier atisbo de protección social, o no ha leído una puta línea de Smith o miente como un bellaco.

La paradoja es mayúscula: el autor que definió el interés propio como motor del mercado fue también quien sentó las bases teóricas para la crítica marxista y quien reclamó un Estado activo en educación e infraestructuras.

La izquierda podría reivindicarlo sin rubor; la derecha, en cambio, tendría que explicar por qué ha convertido a este crítico feroz de la avaricia patronal en su mascota ideológica.

Así que la próxima vez que algún gurú del libre mercado cite a Smith para defender la desregulación o el recorte de derechos, convendría recordarle que el autor de "La riqueza de las naciones" desconfiaba de los empresarios más que un sindicalista de la CNT.

Lo que ocurre es que la memoria es selectiva y el dogma, conveniente. Porque si se leyera a Smith sin anteojeras, al liberalismo se le desmonta solo. Y el marxismo, que nunca fue un invento ex nihilo -nacido de la nada-, gana un pedestal inesperado.

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