Supongamos, por un momento, que me quiero morir. Supongamos que justifico mi deseo ante los demás en una autoreflexión con fundamentos sólidos y que sólo a mí me atañe. Supongamos que ansío dejar de vivir con idéntica ferocidad con que la mayoría se aferra a la vida. Supongamos también que opto por considerarme un ser absolutamente libre, con capacidad de decisión sobre todo cuanto concierne a mi persona.
¿Es comparable, por ejemplo, a la determinación de ingresar en una institución religiosa en régimen de clausura? ¿alguien impide autoinmolarse en vida a quienes deciden "morir" para sus amigos, su familia, para el resto del mundo, sometiéndose a una disciplina de aislamiento antinatural hasta el día de su muerte real?
¿Lo es a someterse a esa castración mental que llaman "celibato", estado que resulta obligado para aspirar a convertirse en profesional religioso o iniciar la escalada en la jerarquía curiana? ¿Nos asiste a los demás el derecho a llamarles eunucos, tarados, o simplemente depravados cuando les fallan los cálculos místicos y el sexo se presenta de sopetón con un "aquí estoy yo, contra lo primero que se me ponga a tiro"?
Desde fuera, no es difícil considerar un necio a quien se acoge, so pretexto místico infundado, a estas cadenas perpetuas de por vida. Sin embargo, ni médicos, ni psiquiatras, ni foros de tipo alguno prestan la menor atención decisiones que bien podrían estudiarse como patologías mentales.
Los católicos, siempre atentos a coartar la libertad de infieles, ateos y herejes varios, montan guardia en los hospitales públicos donde sotanados agentes ofrecen extremaunciones y apoyo logístico celestial para enfrentar los últimos momentos en este valle de lágrimas. Viven convencidos de que es bello disfrutar el momento, gozar del dolor y brindarlo a su hebreo predilecto, que para éso tiene el record guidness de deidad más puteada. Y nos utilizan como vara de medir. Si él rabió clavado a un tronco, tu cáncer es pan comido, hombre. Así que déjate de acortar la faena y trae acá esa morfina, que no sabes lo que te vas a perder.
Flotando en estos -y otros- pensamientos estaba, cuando me tropecé con lo siguiente:

"El sufrimiento humano solo cobra sentido en la Cruz de Cristo, dice el Papa. Miles de fieles se reunieron este mediodía -hora local- en la Plaza de San Pedro para rezar el Ángelus con el Papa Benedicto XVI, quien en sus palabras introductorias hizo un llamado a testimoniar el amor que ayuda afrontar el dolor y la agonía de modo humano encontrando el sentido del sufrimiento en la Cruz de Cristo."
Lo más divertido es que estos salvajes han decidido compartir con todos nosotros su dicha, nos guste o no, y ya están a la puerta del Parlamento absolutamente decididos a jodernos vivos una vez más, disfrutando con el ejercicio que más les gusta: impedir que cada cual haga con su vida lo que mejor le parezca.
Presumen de la certeza indiscutible de que tras la muerte les espera el mismísimo dios en persona. ¿A qué viene entonces la obsesión por retrasar tanto como sea posible tan emotivo reencuentro?



