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sábado, 22 de agosto de 2026

EL MIEDO ES EL MISMO, EL COLOR DE PASAPORTE, NO.

Cuando un ucraniano llega a España, la solidaridad se despliega en forma de protección temporal, visados humanitarios y portadas emotivas.

Cuando un subsahariano llega a la misma costa, el discurso cambia: se habla de avalancha, de presión migratoria, de recursos limitados. La diferencia no está en las causas de la huida. Está en el color del pasaporte.

España ha concedido protección temporal a más de 264.000 personas desplazadas de Ucrania, y a 30 de junio de 2026 había 353.009 ciudadanos ucranianos con documentación de residencia en vigor. La guerra de Rusia contra Ucrania es una tragedia, y su acogida es un gesto humano ejemplar.

Pero el continente africano arde en guerras que no merecen portadas.

Sudán lleva tres años de guerra civil: 14 millones de personas han huido, 9 millones desplazadas internas y 4,4 millones refugiadas en países vecinos.

El este de la República Democrática del Congo acumula 7 millones de desplazados, con violaciones cada cuatro minutos en zonas ocupadas por el M23. 

En el Sahel, los yihadistas se ha cobrado miles de vidas y ha desplazado a millones en Malí, Burkina Faso y Níger. Tres de cada cuatro inmigrantes irregulares que llegaron por mar a España en 2024 eran subsaharianos, y la mayoría huía del horror del Sahel. Los inmigrantes de Malí aumentaron un 543% en un año.

No son económicos. Son refugiados de guerras que nadie nombra.

El problema no es que España acoja a ucranianos. El problema es que trate a los subsaharianos como si su guerra no fuera guerra, su miedo no fuera miedo y su vida no mereciera el mismo estatuto de protección.

Fuentes: Moncloa (refugiados ucranianos); Informe de Seguridad Nacional 2024 (El País); ACNUR (Sudán); OIM (RDC); DeepSeek (conflictos RDC y Sahel).