jueves, 22 de mayo de 2008

martes, 20 de mayo de 2008

Hombre Lobo en Londres

No cabe duda que, en la cosa científica, nos la jugamos sin reparos. Me impresiona el arrojo de los genetistas a la hora de mezclar a tontas y a locas, lo que me recuerda aquello que decía que la inteligencia tiene un límite, la estupidez, no. Quién sabe dónde acaba el científico sagaz y dónde empieza el maquiavélico traficante de engendros.

Los británicos inventaron la llave inglesa, ésa que se adapta a lo que haya que enroscar, y con ese currículo uno está convencido que homologarán sensatamente lo que haga falta, así que basta con dejarles discutir el tema sin inmiscuirse; seguro que no harán jamones con ojos, que no cruzarán tigres con bengalas ni osos con hormigas, que esas cosas sólo las hace bien la naturaleza, con mucha paciencia, que es la madre de la Ciencia. Dicen.

Además, para disipar cualquier duda, el Parlamento Inglés lo ha dejado bien claro: los embriones obtenidos de la mezcla genética de seres humanos y animales, bajo ningún concepto se introducirán en el útero de una mujer. Son esas cosas que le dejan a uno sumamente tranquilo y seguro de que todo discurrirá por los cauces positivos de la medicina y la ciencia.

Claro que, de paso y para despejar la duda del viceversa, bien podrían completar la norma y añadir: así como tampoco y bajo ningún concepto, se introducirán los embriones resultantes en el útero de un… animal.

Quien hace la Ley, como siempre, hace la trampa.

lunes, 19 de mayo de 2008


Últimamente, gran parte de lo que leo y oigo me recuerda invariablemente escenas de aquel corto de Buñuel, El Ángel Exterminador, donde el puñado de invitados a una fiesta eran incapaces de salir de un salón, sin razón lógica que lo impidiese.

Finalmente, he concluido que se trata, simplemente, de un efecto secundario –colateral, como dicen ahora- de la hipocresía, tanto propia como ajena. Nada preocupante, por tanto.

Cuando busco un lugar, un ámbito, en el que la hipocresía no se haya enquistado, donde no haya enraizado hasta petrificar la esencia de las cosas, no lo hallo. Y que nadie me proponga enclaustrarme dos semanitas en uno de esos monasterios modernos que admiten visitantes en busca de paz interior, porque es tan engañoso como la calma en el ojo del huracán.

Porqué nos resulta imposible, entonces, salir del círculo vicioso de la vista gorda y la hipocresía.

Probablemente por instinto de conservación, por miedo a que nos arrastre la misma corriente que está ahogando al que, de no peligrar nuestra propia seguridad, tal vez intentáramos salvar.

Ante tantos cadáveres flotando como a diario nos cruzamos, nuestro subconsciente ha de defenderse, inventar excusas que cuajan como el hormigón y forman diques que contienen los remordimientos por consentir tanta injusticia, tanta miseria.

No se engañen los vendedores de hoy en día, los vendedores de cosas, de ideas, de paraísos, de esperanzas vanas, no se engañen, porque no quedan tontos en el mundo. Nadie tima ya a nadie, no compramos sucumbiendo a una artimaña publicitaria. Estamos lo suficientemente advertidos como para picar inocentemente.

Lo que hacemos, lo hacemos porque queremos, porque nos conviene, porque nos causa placer de una u otra forma, porque nos aporta seguridad individual, porque probamos suerte a ver si es éso lo que nos falta. Y maldito el carajo que nos importa las repercusiones que nuestra elección pueda tener sobre los demás. Así funcionamos.

Como los de Buñuel, nos quedamos dentro sin saber siquiera qué hay fuera, porque lo inmediato es lo único que importa. Por eso la Humanidad avanza con exasperante lentitud, porque sólo da un paso adelante cuando nace un loco carente de instinto de conservación, ajeno a dimes y diretes; y ello ocurre cada varias generaciones.

Cuando el loco deja al género humano en evidencia, cuando logra escupirles sus errores y su hipocresía -los errores e hipocresías propios de cada época- entonces y sólo entonces nos vemos empujados, queramos o no, por la evidencia inaplazable y la necesidad de adelantar las líneas de defensa del subconsciente colectivo.

A estas líneas de defensa les llamamos “mentalidad de la época”, y marcan las pautas de comportamiento de las civilizaciones, lo que puede o no concebirse como posible en un momento de la Historia.

Y ruego que nadie suponga que entre tales locos cuento al mítico mesías cristiano –entre otros-, porque a su supuesto paso por este mundo y a la interpretación que de este hecho han arbitrado sus seguidores, debemos buena parte de la ruina ética de la civilización y el germen de enfermedades sociales ya tan arraigadas, que su erradicación es impensable al día de hoy.

Cada vez que un individuo interpone a dios como excusa o motivo de sus actos, por muy altruístas que éstos puedan parecer, la parte de la Humanidad que lo aplaude da un paso atrás, y en esa regresión nos arrastra a todos.

Y escribo ésto por puro convencimiento de que, las más de las veces, necesitamos que nos recuerden lo evidente, lo que nunca hemos olvidado. Empezando por mí mismo.

lunes, 5 de mayo de 2008

Un Tótem de la Utopía.


Hace unos días, ha dejado este Mundo, por su propio pie y esta vez para siempre, Arthur C. Clarke.

Quizá sin pretenderlo, imbuyó en muchos de sus lectores la certeza de que la Humanidad es libre para forjar su destino, y que la naturaleza íntima del ser humano le conduce a convertir el Universo en un segundo paraíso, liberado de la superstición y con la tecnología y la ética como artífices de la felicidad.

Maestro de un género las más de las veces menospreciado, su obra es profundamente literaria, humanista y dotada de una fuerza expresiva y pictórica tan inesperado para el profano que, sorprendido, se sumerge voluntariamente en versiones futuras no siempre venturosas, pero con el inconfundible aroma de la esperanza en que nuestra raza recapacite a tiempo y justifique su presencia en el Cosmos.

Nadie como los escritores, los buenos escritores de Ciencia Ficción, contribuyen a concebir y difundir la verdadera Utopía, a analizar y resolver los conflictos personales y sociales que nos impiden avanzar, evolucionar y configurar un mundo futuro que todos anhelamos, pero hacia el que somos incapaces de hallar el camino.

Tras cada realidad inventada, Sir Arthur C. Clarke suponía una Inteligencia superior, un fin no hostil del que podríamos ser tan sólo un medio, y alejado siempre de dioses tan omnipotentes como falsos y grotescos, sus arcanos y entes suprahumanos estaban sometidos a nuestras mismas leyes físicas, podían ser tocados y olidos, pero carecían del componente autodestructivo e individualista que se interpone entre el ser humano y su felicidad, desviándole constantemente por los atajos del oscurantismo y el fanatismo religioso.

Como le ocurrió a Isaac Asimov, su desesperada búsqueda de una fórmula infalible para lograr que la Humanidad reconsiderase su prepotencia sobre planeta le condujo a imaginar otros seres, aparentemente humanos, dotados de sus virtudes pero concebidos sin sus defectos. Los Robots.

Gracias a ambos, por intentar despertarnos de nuestra insignificancia, y enseñarnos que el futuro jamás estará definitivamente escrito.

Feliz viaje a Rama, Maestro.

viernes, 2 de mayo de 2008

FEUDALISMO SIGLO XXI


Mira que decirle a los escolares que el Feudalismo acabó con la Edad Media… ellos, los críos, entre que a la mayoría les importa poco el tema, y que no saben aún de la misa la mitad –gran parte puede tampoco llegará a saberlo, por simple ignorancia unos o por propia elección otros-, se quedan tan frescos. Y el profesor, igual.

Claro que, cómo explicarles a los angelotes que lo único que diferencia la actuación de los Bancos con la de los nobles de la Edad Media –y no estoy del todo seguro- es el derecho de pernada que éstos ejercían como un débito más de sus siervos para con sus insignes personas.

O es que alguien puede sobrevivir hoy sin mantener una relación continuada con un banco, sin someterse a las condiciones que imponen, sin que cada uno de los aspectos de su vida se traduzca en un minúsculo e ininteligible pliego de condiciones que otorga a los bancos un poder tal sobre nuestra existencia que, de ser conscientes de ello, buscaríamos posiblemente un camino alternativo, por disparatado que nos pudiese parecer.

De todos los elementos que integran el medio social en que nos movemos, el banco es el más mimado, el más ponderado, el más venerado por el Estado, que es, al fin y al cabo, el sumo catalizador de todas las complicadas relaciones que marcan la deriva tanto del Primer como del Tercer Mundo. O debería serlo.

No se puede formar parte de la clase media occidental sin rendir pleitesía a los bancos. Y esta certeza es aplicable no sólo a los asalariados, sino a la totalidad de las instituciones y, como se eufemiza (¿me he inventado el verbo?) hodierno, agentes sociales, políticos, sectores productivos y especulativos, que como decía, engarza hasta con las más profundas raíces de los Estados, sean esto de la naturaleza jurídica que sean.

Harazem se estará riendo, pensando que son éstos los primeros efectos secundarios graves de las perniciosas lecturas que el muy canalla recomienda. Pero prometo que ya venía de antes.

A pesar de que la cosa no pinta bien, dado que ni el mismo y omnipotente Estado es –o, simplemente, no lo desea- capaz de escapar al feudalismo de los bancos, podríamos dar por sentado que estamos atados de pies y manos, perdidos sin remisión. Y en cierto modo es así, sin olvidarnos que mucha gente –y siempre que me refiera a gente lo estaré haciendo a la clase media- necesita desesperadamente de esta dependencia de la banca ya que es consciente de que es el único camino posible para cumplir los sueños inducidos por la sociedad de consumo.

Por otra parte, la relación con los bancos no es forzosa en todos los casos. Cuando se trata de potentados, dicha relación es de simbiosis, como es fácil intuir, por lo que ni siquiera merece la pena entrar en detalles.

En definitiva, cuando de gente corriente se trata todo se reduce a dos opciones, dos actitudes: o bien formamos parte del sector pseudo-no-pensante de la sociedad (opto por el prefijo pseudo porque no creo que sean auténticos descerebrados, sino que eligen inconscientemente no pensar), o bien decidimos firmemente morir peleando, aunque que estemos seguros que tal heroísmo jamás será reconocido públicamente ni servirá, en la práctica, absolutamente para nada.

Si nos decantamos por la segunda opción, conviene no andarse con medias tintas, y tener claro desde el primer instante que, pese a lo intranscendente de nuestras finanzas domésticas en el seno de la macroeconomía de Zapatero, hay ciertas decisiones que, si cundiese el ejemplo, harían pupa a los modernos Orduños y Olmedos, que con la prepotencia característica de su señorío feudal, ni cabe en sus asesoradas entendederas que podamos resistirnos a sus exigencias. Así que, en primer lugar, se impone la previa pérdida del sentido de ridículo, lo que nos hará inmunes a sus aristocráticos y subliminales intentos de manipulación y posterior extorsión.

Es conveniente, por ejemplo, reducir a una o ninguna ese producto del feudalismo moderno que son las tarjetas de crédito. Ignoro porqué, pero cada vez que me niego a contratar una tarjeta VISA-ALUMINIO totalmente gratuita para toda la vida y sin obligación de uso, a la pobre comercial-telefonista le da un soponcio, finge que le resulta imposible entender mi empecinada negativa y acaba colgando bruscamente, tanto que me parece escuchar un eco así como tú te lo pierdes, capullo. Y tanto que me lo pierdo. Pero el que ofrece algo es porque necesita colocarlo, luego no soy el único que pierde, y con eso ya me conformo.

Los seguros. No voy a vender que sean un producto negativo o absolutamente innecesario, pero cabe la posibilidad de que podamos cubrir las exigencias básicas con bastante menos de lo que tenemos contratado y, por supuesto, intentando no utilizar bancos, sino compañías de seguros, que son otras que tal, pero en este caso se trata de hacer la puñeta a los Nobles. De los Hidalgos ya hablaremos.

Por supuesto que esta actitud no nos saldrá gratis, pero suponemos que si vamos a dar la batalla, habrá bajas, aunque sean mínimas. Si despreciamos los ya habituales seguros multirriesgo del hogar y asumimos que pagaremos de nuestro bolsillo los más que improbables cristales rotos –en sentido literal- de nuestra choza, que será nuestro fontanero de cabecera quien nos cambie la zapata del grifo o valoramos las probabilidades de que se estropee la cerradura, la primera victoria será desconcertar al agente de seguros –esas caritas son impagables- y la segunda, pagar unos euros de menos en el recibo, que dejarán de ingresar en las opulentas cajas de las aseguradoras. Victoria simbólica que, multiplicada por cientos de miles, sería un auténtico golpe de mano y una lección de sentido común a esas personas jurídicas que nos toman por idiotas.

Volviendo a los bancos y para terminar, éstos obtienen el grueso de sus magras ganancias justamente de las economías domésticas medias, a través de multitud de lo que ellos llaman productos y que se traducen en sencillas operaciones en las que o invertimos parte de nuestro dinero, u obtenemos un bien de consumo en lo que ahora se denomina plazos sin interés. Como ni soy de letras ni soy de ciencias –en realidad soy de Zamora- pues siento no poder ofrecer una explicación racional al motivo por el que los bancos imprimen miles de folletos con tipos de generosa sonrisa sobre una corbata roja ceñida sobre cuello de camisa blanca que, sobreexpuestos en la foto de un transatlántico y una isla tropical, nos explican en cortos rótulos que saben que no tenemos un duro, que nunca lo tendremos, y que sin su desinteresada ayuda nos morimos sin tomar un mojito en la cubierta del Queen-Mary, o sucedáneo.

Resumiendo, un banco es una sanguijuela, y hay que tener claro que si se acerca a nosotros es para chuparnos la sangre. Por tanto, siempre que podamos permitírnoslo, decirle NO a un banco es atizarle donde más le duele. Y de éso, precisamente, se trata.