martes, 9 de septiembre de 2008

Gemelos pero distintos. Y dos.

Este otro texto es de un año después, 2 de septiembre de 2002. Y la sensación de haber perdido algo por el camino.

Y si, como ya apunté en una ocasión, los edificios llamados "torres gemelas" fuesen las patas traseras del becerro de oro (fácil y poco original es la comparativa, de acuerdo), es inmediato preguntarse sobre el resto de la anatomía del mítico e idolatrado herbívoro; ¿en qué lugar del globo apoya sus extremidades delanteras? ¿han de ser de las dimensiones físicas de las postreras? ¿y su cuerpo de insaciable rumiante? ¿es la bóveda celeste su panza azul grisácea, y confundimos, a lo largo de la existencia, los molinos con gigantes? ¿y su testa? Qué son los miembros sino apéndices inútiles sin un cerebro minucioso, eficiente calculador, que coordine cada acto?

Imagino, a veces, esa pérfida materia gris en forma de hamburguesa nadando en coca cola; esa mirada burlona y diabólica desnudando nuestras pasiones inconfesables, acunándolas; alimentándose de verdes billetes de cualquier cuño, rumiando cada dólar, cada rupia, cada yen, acomodando raudo su sistema digestivo a ese nuevo manjar que llaman "euro", tallo nuevo y tierno entre el manido forraje de cada día. Y esa retorcida cornamenta, como inmensas antenas que todo lo escrutan, ven, oyen, saben. Ni mis tórridas epístolas con matasellos en binario se encuentran ya a salvo de su visión de supermán.

Y para qué sentenciar "¡¡acabemos con el becerro de oro!!". El universo entró en pánico el día en que pareció tambalearse. Desde entonces, todos intentamos ocultar las latitudes de sus patas delanteras; abundan las pistas falsas, los disimulados cambios de conversación. La inercia está para seguirla, no para vencerla. Y si la gravedad y la dinámica nos empuja hacia allá, por algo será. Quiénes somos nosotros para poner complejos razonamientos suprahumanos en entredicho. ¿O es que los dioses son acaso funcionarios de alto copete? Aunque tanto las decisiones de unos como las de otros parezcan similares, es decir, arbitrarias y de efectos devastadores, doy fe de que los dioses trabajan sobre planes quinquenales muy elaborados. O sea, que la independencia de las colonias norteamericanas fue planificada por los dioses, y la de sus homólogas sudamericanas, por funcionarios. Como consecuencia, la primera se transformó en una joven culta, refinada, licenciada en mil especialidades, y la segunda en una humilde fregona, desaliñada, con la piel áspera, las manos encallecidas y la mirada desengañada. Y cómo buscó en su adolescencia a su príncipe azul, cuántos zapatitos de cristal, cuero y barro no probaron a calzar sus pies. Mientras su candidez y belleza salvaje se marchitaban en manos de desaprensivos pretendientes, su hermana "mayor", lazaba al aire pícaros guiños y sensuales besos, eso sí, sin dejarse sobar el trasero. Ajustaba su wonderbrá a presiones abismales.

Pero les haré partícipes de un secreto, uno de los pocos secretos a voces que aún conservan su misterio. El becerro no es tal. Caigan torres a decenas, que cuernos dorados son, pero de escolopendra, y en su condición hallamos la magia de su permanencia: si dos patas le quedaron muertas, duerman ustedes entre algodones, pues aún le restan noventa y ocho más de las que se cuentan. Descansen en paz.

Gemelos pero distintos.

El texto que viene a continuación está fechado en 2 de octubre de 2001. Me consta que, en aquel momento, cada cual reaccionó acorde a su forma de expresión natural, gráfica, sonora, escrita, etc. Los productos de las emociones quedaron ahí, custodiados por el anonimato, pasando los aniversarios del trágico acontecimiento hasta, que un día, decides sacarla a la luz.

Mi forma natural de expresión es la palabra, a falta de otra más brillante, y el día, es hoy.

Si puede hacerse caso omiso a la masacre humana (imaginemos, por ejemplo, que ha ocurrido en África), el espectáculo ofrecido por las gemelas neoyorquinas plegándose sobre sí mismas, como un titánico acordeón interpretando una sinfonía estruendosa y grandilocuente, no deja de evocar la admiración temerosa con que se contempla un alud en el Himalaya, un tifón huracanado en el Caribe, o la explosión del Karakatoa. El hipotético y apocalíptico cataclismo que acompañó el hundimiento de la Atlántida hubo de ser, en su época, de una trascendencia sin precedentes en el recuerdo común. Trazó, puede suponerse, un antes y un después en la cultura, la política y la economía de la época, y el mundo lloraría en el regazo basáltico del océano su trágica, irreparable, pérdida. Seguro.

Pero, ¿qué no hubiese dado cualquiera por asistir a esa conmoción de dimensiones planetarias, a esa rebelión furibunda de la naturaleza, a esa aplastante constatación de nuestra verdadera dimensión? Qué si no elegiría, de ser posible, el acaudalado contratante de un egoísta viaje al espacio, si pudiese sobornar la dirección del tiempo?

Superando la estupefacción, incluso el horror, uno podría llegar a sentirse Lot, elegido, la mirada absorta en cómo la tierra engulle con la avidez de un batracio a Sodoma y Gomorra, entre galaxias de polvo, escombros, vigas atormentadas y gemidos penitentes esparcidos por el aire, mientras nuestros tejidos se vuelven rígidos y cristalinos, y la emulsión de sangre y adrenalina se torna resina en las venas.

Tal vez los ejecutores fuesen auténticos ángeles enviados. Tal vez los singulares edificios eran, en realidad, las patas traseras (o delanteras) de un descomunal becerro de oro, del símbolo de la avaricia, la perversión, la iniquidad. Tal vez, a los justos, les fuese respetada la vida.

Qué sosiego puede uno dispensar a su conciencia con sólo proponérselo. Y si no, lean, lean la historia reciente de los norteamericanos. La escrita por ellos, claro.


jueves, 4 de septiembre de 2008

Suero del olvido.

Los cambios de estación suelen venir acompañados de una renovación general en forma de moda, moda que afecta no sólo a la vestimenta, sino a los asuntos públicos en boga.

Está comprobado que la moda en la Era Moderna es cíclica; los pantalones de campana, la minifalda, los cuadros o los tonos pastel vienen y van de los escaparates periódicamente, de forma que "este año se llevan los cuadros" y el que viene "se lleva de nuevo la maxifalda".

Prácticamente con la misma cadencia, el candelero político y social viene y va dependiendo de lo que interese relevar o relegar, o lo uno al servicio de lo otro. La intención del gobierno de traer el aborto al primer plano es interpretado por la oposición como una dosis de suero del olvido para con la crisis. Y cabe la posibilidad de le asista la razón.

De la mano del superjuez llega otro asunto dispuesto a compartir cortina de humo con el aborto en forma de clase práctica de memoria histórica, de cuya oportunidad se desmarca algún que otro socialista de tercera regional sin que esté del todo claro, al día de la fecha, el ámbito e intencionalidad de la iniciativa, lo que determinará los obstáculos reales, legales y hasta corporativos con los que pueda encontrarse Garzón, ya que es del gremio del omnipotente Olimpo de la Judicatura de donde mayor número de rayos y centellas le están dejando caer.

La arritmia económica viene a sustituir en la prensa del hígado a la negociación con ETA, existiendo serios indicios de nominación como sermón de cabecera de la oposición para la presente legislatura. La misma canción del Otoño, con igual intérprete y ligeras novedades en la letra.

En realidad y aprovechando los símiles deportivos tan populares en estos días, la patología de esta economía enferma está clara como el suero fisiológico: un simple exceso de dopaje. De todos los símiles y metáforas explicativas confeccionadas sobre el tema, creo que ésta es la que mejor se presta a explicar los síntomas, causas y posibles curas de la dolencia monetaria.

El crecimiento se ha mantenido muy por encima de su índice saludable a base de comida basura, la especulativa y urbanizante, con lo que es de ley biológica que si limitamos las dieta a un solo tipo de nutriente, acaben produciéndose graves carencias y desequilibrios que sólo pueden corregirse metiéndose en cama haciendo vida sana y complementando las carencias alimentarias.

La economía es una plasta, un bodrio, un seguro de aburrimiento, previsible e instintiva ahora que se demuestra que el ser humano suma por intuición, por mucho que los magnates -curioso el parecido físico entre los términos magnate y mangante- y entendidos en la materia se obstinen en presentarlo como simbología rúnica.

Mi intención en este post era reflexionar sobre el suero de la mentira, complementario supongo al suero de la verdad, por eso de que todo ying tiene su yang y el universo es un equilibrio positivo y negativo en si mismo, o viceversa, pero está visto que hoy estoy por irme por los cerros de Úbeda a la mínima de cambio.

Así que recojo los hilachos que me dejo en la confección de este tapete amorfo que me está quedando y, sin salirme de la moda, me sitúo en la época de la Transición -quizá Transacción- que en estos días anda también de bocaza en bocaza y que coincidió con mis primeros afeitados, es decir, en un estado bobalicón del que sólo he sido consciente con décadas de retraso.

Evidentemente, después de los océanos de literatura en que nos han bañado últimamente a propósito del tema, no viene uno a descubrir la pólvora, ni mucho menos. Pero mis manías sinópticas me suelen llevar por los derroteros del mínimo común divisor, dado que no hallo pruebas concluyentes que demuestren la existencia de un solo tipo pintado de objetividad al que dar crédito.

Despejadas ciertas incógnitas y reducidas las variables en lo posible, me encuentro con una expresión resultante que, sinceramente, no me esperaba. Reza, simplemente, así:

El Poder es un transformista que logra engañarse incluso a sí mismo. Y el hombre, un animal al que la constancia de su propia muerte le impide asumir un objetivo como especie.

La Transición sucedió como en aquéllos momentos había de suceder. El miedo jugó su papel principal, el aparato franquista se deslizó de puntillas hacia bastidores en un alarde de inteligencia política; los nuevos actores memorizaron el guión y lo interpretaron como mejor supieron; los perdedores se sentían liberados sin necesidad de luchar, y los vencedores sujetaban firmemente los hilos de las marionetas. Todos nos inoculamos de forma más o menos consciente una dósis suficiente de suero del olvido.

Ni unos ni otros tenían la certeza de lo que venía después, sólo cabía la improvisación diaria, volver a vigilar las trincheras, esta vez incruentos escaños de polipiel, y estar atentos todo movimiento contrario que resultara sospechoso.

Al día de hoy, los vencedores han demostrado que merecieron la victoria, a través de la secular coherencia frente a unos eternos vencidos cada vez más débiles, fragmentados y desorientados a pesar del relativo optimismo de unos resultados electorales precarios que dividen la población en dos mitades cuantitativamente simétricas, pero que cualitativamente inclina la balanza de un golpe seco y determinante. A su favor.

El el sanguinario hecho del derrocamiento de la democracia se está convirtiendo en un fantasma difícil de exorcisar. La cínica Oposición sostiene que cerrar los ojos bastará para que deje de existir. Que a los ciudadanos no les interesa la parapsicología política. El partido gobernante está convencido que desenterrar los cadáveres, al más puro y manido estilo polstergueist de Hollywood, bastará para que el espíritu de la salvajemente asesinada democracia descanse, por fin, en paz.

El espíritu de aquella joven democracia muerta pasa de padres a hijos, de generación a generación, a la espera de que el asesino reconozca, de una vez, lo atroz e injusto de su crimen, como única opción para formar, definitivamente, parte del pasado y reunirse con el resto de episodios que ya consideramos como historia.

Son cuatro las puntadas de nada que faltan para dar por terminada la Transición.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Desde Rusia, con horror.

Cuando el retumbar de las bombas se toma un respiro, los negros ojos digitales de la prensa en vanguardia, extranjera y estéril, toman el relevo; abren fuego de flash contra los sollozos desconsolados, descontrolados; contra los torsos inertes desprovistos de algún miembro; contra las nuevas ruinas; contra los objetos desperdigados, ya sin dueño; contra los cachorros abandonados a su suerte, contra los verdugos asépticos y contra sus máquinas humeantes de acero mortal e implacable, con su enorme índice enhiesto que señala el lugar exacto donde excavar de un zarpazo el próximo socavón de cascotes sin vida; contra las gruesas filas de muertos vivientes que serpentea como una vieja culebra moribunda, sin fuerzas para huir ni valor para quedarse a enfrentar un ocaso estúpido y seguro, dejando caer las escamas, indolentes, sin un broche de esperanza.

La Rusia de hoy, de este mes, de estos últimos años, bárbara y atroz como cualquier imperio decadente, arrasa la tierra en su derredor al compás de la batuta de sus directores de papel parapetando al asesino ventrílocuo, no sé si ya inventado el macabro concierto por los helicópteros yanquis que, decía la leyenda gris, desconcertaban -antes de achicharrar- a los vietnamitas con estridentes óperas nibelungas, o con el ritmo mecánico, franco y marcial de los detonantes de los obuses, si es que conserva al menos la austeridad de su alter ego, la URSS.

La foto de siempre muestra el rostro de siempre, del campesino, del eterno don nadie condenado por el delito de la sinrazón, la sombra idéntica de todas las guerras, la inútil búsqueda de motivos inexistentes, la danza que llevará a muchos a la saturación de la razón, al paraíso feliz y definitivo de la locura; su mueca de dolor extremo habrá transfigurado su aspecto para siempre, se le han petrificado los músculos que le permitían sonreír, como un absurdo Lot circunstancial en medio de un holocausto que nadie merece vivir. Entre los escombros, la polvareda y los hierros retorcidos, alguien que ayer era como tú y como yo ha sido arrojado a las más profundas simas de la humillación, dejando en su caída los jirones de su dignidad, de su humanidad.

No sé verlos con mirada ajena, no he aprendido a salirme de su piel, me invade una rabia asesina y primaria, un sentido cavernario de la justicia que me sume en un universo imaginario donde todas las manchas son de mora y la sangre del inocente es veneno para el verdugo.

Esta guerra canalla no es especial; ni más cruel, ni más injusta que cualquier otra. Se me pasan las ganas de obviarla, sin más. Pero cada matanza que transcurre en silencio, es como volver a matar a cuantos inocentes les fue arrancada la vida en su vorágine de insensatez.

Mientras, se suceden las condenas vacías, sin juicio ni sentencia y alguien, en algún lugar, maldice el día en que se inventó la palabra.

miércoles, 30 de julio de 2008

ARBIL. La Web.

Hoy me siento magnánimo, así que accedo a prestar un magro servicio a tantos y tantos españoles de pro, como un homenaje, una jura de bandera a esta penísula torera.

He de advertir, sin embargo, que caso de no cumplir cualquiera de los siguientes requisitos, es recomendable que saltes a otra página:

  1. Ser español de nacimiento y ascendencia. La nacionalización es un proceso administrativo de ninguna forma comparable con las virtudes de la sangre y el alma, transmitidas gracias al esfuerzo y sacrificio de incontables generaciones de españoles. Ser negro invalida igualmente los dos supuestos anteriores.
  2. Ser católico practicante o "kiko", en su defecto.
  3. Haber leído al menos tres veces la colección completa del Guerrero del Antifaz. Puede sustituirse con dos Avemarías dominicales por el alma de Don Pelayo en templo especialmente consagrado al efecto.
  4. Ciclópeo convencimiento acerca de la unión hombre-mujer, el amor conyugal y su finalidad, servir a Dios.
  5. Haber negado públicamente -al menos tres veces- la teoría de la Evolución.
  6. Honrar de palabra y hecho la Memoria del Excmo. Sr. Don Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España, cuando en ocasión pública sea apropiado, y siempre en la intimidad.
  7. Reconocer la homosexualidad como la aberración contra-natura que es.
  8. Ensalzar la excelencia en la Tauromaquia, su elevación sobre el resto de las artes y su profundo enraizamiento cristiano.
  9. Considerar a Don José María Aznar como el mejor presidente de la Democracia.
  10. Experimentar como bien común la tradición y las raíces culturales cristianas, así como la necesidad imperiosa e irrenunciable de restablecer su hegemonía en Occidente como único bagaje aceptable de señas de identidad.
Si has dado positivo en todos y cada uno de los supuesto anteriores, visita el siguiente enlace. Te encontrarás como en casa.