Al fin han sido apartadas de la frontera marroquí esas tentadoras mujeres policía de cabellos ceñidos con gorra, sus esposas al cinto, sus cueros centelleantes y provocativas porras multifuncionales colgando de la cadera, que a buen seguro haría las delicias de más de un embabuchado aficionado al bondaje. A joderse tocan, ellos y la Menestra de Igualda-questéncomoque-nostén que, que yo sepa, no ha dicho ni mú, por decir algo en favor de la ganadería.
Aunque la fama de porculeros la tienen los vecinos de arriba, en este caso los de abajo no les van a la zaga, y parecen decididos a dedicar vida y hacienda a mangonear las zonas comunes, aprovechando la timidez del colindante, que calla y calla por ahorrarse soeces disputas de patio. Y es que el que tiene clase, tiene clase. Y sólo éso.
