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sábado, 27 de noviembre de 2010
viernes, 26 de noviembre de 2010
Lo que distingue al hombre del resto de los animales no es la inteligencia; es el uso que de ésta hace con el único objetivo de dar rienda suelta a la avaricia desmedida, su enfermiza obsesión por despojar a otros seres de los bienes y recursos que por ley natural les corresponde y acapararlos para sí, a veces en cantidades tan desmesuradas que ni en un millón de vidas podría consumirlos. Ése, y no otro, es el cáncer genético que nos consumirá como especie.
Philip Kargan Stoiber
viernes, 12 de noviembre de 2010
Aparcar la realidad.
Los que saben del tema aseguran que más del noventa por ciento de la población, en España, respira aire contaminado más allá de los límites legales. Informan igualmente, para quien no lo sepa, que alrededor del setenta por ciento del veneno flotante que esnifamos procede de los vehículos particulares que nos resultan imprescindibles.Todas las grandes ciudades y algunas de las que se las dan de serlo, ya se alfombran con interminables carriles rojizos exclusivos para bicicletas, y una estirpe gloriosa de ciudadanos avanzados a su tiempo se desplazan a diario en bici, nubes de langosta -en el mejor sentido, puesto que la langosta es animalejo aseado y no contaminante- en localidades como Barcelona.
Aún así, la incidencia del nuevo hábito en el tráfico cotidiano es irrelevante: las metrópolis siguen estranguladas por cordeles de cientos de miles de vehículos trabados unos con otros, detenidos por fuerza mayor pero con sus motores respirando y exhalando el dichoso setenta por ciento de veneno en suspensión.
¿Qué quieren, qué buscan, además del destino imaginado por su conductor...?
Estacionarse.
En virtud del nuevo urbanismo utópico, a los estrategas del ramo se les está pasando por alto que en no pocas zonas de las urbes, un automóvil puede emplear una cuarta parte de combustible digerido durante su vida útil, en la búsqueda infructuosa en un lugar donde detenerse y detener, de paso, su motor y la expulsión de gases.
Qué tal si, visto el desastroso resultado de las políticas "concienciadoras" y represoras, se opta otorgar máximas facilidades a la hora de estacionar los vehículos... ¿que no consta como solución factible en el manual del buen ecologista? Apuesto a que no. Pero las iniciativas medioambientales y sociales no se están caracterizando, precisamente, por la calidad y viabilidad de los resultados arrojados. El camino más recto entre dos puntos, se sabe, es una recta. Pero si en la trayectoria encontramos un muro infranqueable, lo sensato, lo imaginativo, es evitarlo. Lo estúpido, obstinarse en atravesarlo.
Qué tal si, visto el desastroso resultado de las políticas "concienciadoras" y represoras, se opta otorgar máximas facilidades a la hora de estacionar los vehículos... ¿que no consta como solución factible en el manual del buen ecologista? Apuesto a que no. Pero las iniciativas medioambientales y sociales no se están caracterizando, precisamente, por la calidad y viabilidad de los resultados arrojados. El camino más recto entre dos puntos, se sabe, es una recta. Pero si en la trayectoria encontramos un muro infranqueable, lo sensato, lo imaginativo, es evitarlo. Lo estúpido, obstinarse en atravesarlo.
Las cosas no son como deberían ser, obviamente. Pero planificar al margen de la realidad sólo conlleva agravar los aspectos negativos de esa misma realidad.
Aparquen la ineptitud, la ineficacia y el ego, claven los pies en el suelo, y usen la esponja que tienen entre las orejas.
viernes, 22 de octubre de 2010
martes, 19 de octubre de 2010
La importancia de llamarse Demetrio.
| Fuente: Agencia EFE |
La familiaridad puede resultar engañosa, pero sostengo contra todo sentido común que no son pocas las ocasiones en las que el nombre determina qué hacemos o decimos, máxime si portamos nombres inusuales, tan infrecuentes que podrían ser tomados por mote.
A qué extrañarse pues, si un curiano de nombre Demetrio debuta proponiendo el destierro del adjetivo "Mezquita" de la nomenclatura pública de la muy humilde y desgarbada catedral cordobesa. A Pepe, antecesor suyo en el cargo, ni se le pasó por las mientes tal innovación, y estoy en condiciones de apostar que debe su carácter limado y cauteloso justo a su nombre, Pepe.
El refranero popular sale en defensa de esta teoría. Por ejemplo, "eres más tonto que Abundio" no gozaría del su popularidad si el inventor de la máxima hubiese resuelto el entuerto, por ejemplo, con "eres más tonto que Antonio". Nada que ver.
Dialogando tales suposiciones y echando mano de un antiguo complemento del mencionado refrán, obsérvese la ganancia en riqueza descriptiva que puede apreciarse en los resultados:
Diálogo:
- Oye, eres más tonto que Demetrio.
- Querrás decir "más tonto que Abundio".
- Ya... es que tú no conoces a Demetrio.
La originalidad y riqueza de matices proporcionada por el uso de nombres distinguidos se evidencia en este ejemplo.
Pero no siempre portar un nombre oligárquico acarrea uniformidad en los criterios. Mientras un "Demetrio" se decanta por pedirle peras al olmo, un "Pío" -nombre harto infrecuente igualmente-, en este caso Pío Baroja, opta claramente por lo contrario. Obsérvese para ello diversos párrafos extraidos de su novela "La feria de los discretos", que transcurre íntegramente en Córdoba:
- "Sin advertirlo, Quintín se acercó a la Mezquita y se encontró ante el muro, frente a un altar con un sotechado de madera y unas rejas adornadas con tiestos de flores."
- "Callejeando, distraído, Quintín se acercó a la Mezquita; sus muros se alzaban sombríos y negros como los de una fortaleza; sobre el dentellado de sus almenas la luna corría vertiginosamente, en el fondo azul, velado, del cielo."
- "¿A que usted que sabe tanto, don Gil, no sabe lo que dijo ese obispo italiano cuando estuvo a ver la Mezquita? ― dijo Currito."
- "Un caso de catástrofe económica era el de un señor que paseaba todas las mañanas por los arcos de la Mezquita. Este señor vestía como un currutaco de otros tiempos: levita entallada, corbata negra..."
- "Quintín trató de buscar la salvación en las piernas, y echó á correr como un gamo; salió frente á la Mezquita, bajó por el Triunfo, atravesó la Puerta Romana, y siguió por el puente hasta..."
- "Desde allá se veía la catedral y el muro negro de la Mezquita, que cortaba con sus almenas la claridad suave del cielo."
- "...la campana de la catedral parecía contestarlas, retumbando fuertemente..."
- "las palomas se dejaban caer desde el tejado de la catedral, y volaban dulcemente por el aire azul y luminoso."
- "Daban las ocho en el reloj de la catedral, cuando apareció el bandido gateando en dirección de la guardilla."
- "la torre de la catedral apareció muy blanca en el cielo azul obscuro... Pasaron por delante de..."
- "...sobre estos paredones amarillentos pesaba la cúpula negra de la catedral y se erguía graciosa la torre, brillante de sol, con un ángel en la punta..."
Por ejemplo.
Pío, Pío Baroja, tan pío y forastero en la ciudad como Demetrio Fernández pero con una inteligencia social y capacidad de observación visiblemente más desarrolladas, sienta cátedra en la disyuntiva planteada por éste último:
La catedral se distingue por su reloj, su torre con su campana, su cúpula negra; la Mezquita por sus arcos y sus almenas, y todo lo que no es catedral, que es casi todo. Y si aún le cabe alguna duda, pruebe a instalar su turístico espectáculo de luz fuera del bosque de columnas califales, en el recinto de la católica e invasora catedral, para así igualar la recolecta de euros con la de tomates.
Para sembrar discordia, nada como llamarse Demetrio.
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