sábado, 15 de noviembre de 2008

Eduardo Zaplana vuelve al Congreso, de incógnito.



Acostumbrados como estamos a las fotografías trucadas con el fotoshop, apenas si prestamos atención a los detalles.

Pues bien, no salimos de nuestro asombro. Y no porque la Mesa del Congreso haya aprobado rendir homenaje a una monja dedicándole una placa en el núcleo mismo de la pluralísima soberanía popular hispano-mundial, sino porque ha pasado desapercibido -tanto al gobierno como a la oposición- que la tal sor Maravillas es tan real como Iron Man, tratándose pues de un personaje inventado por a saber quién para colar... nada menos que un retrato de Eduardo Zaplana, eso sí, parcialmente oculto por un burka, por motivos que no alcanzamos a comprender.

Desde este blog estamos en condiciones de garantizar que la fotografía situada a la izquierda -y sólo ésa- no es fruto de montaje alguno, y emplazamos al gobierno a iniciar una investigación al respecto ya que, el merecimiento de tal alto reconocimiento por parte de la Cámara ha de recaer forzosamente en Sor Ana Botella en primer lugar -por méritos y motivos que no es necesario enunciar-, sin perjuicio de que, en posteriores homenajes, Eduardo Zaplana -ya vestido de calle- pueda ser incorporado a la lista de eméritos congresuales, por motivos que tampoco es necesario recordar.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

La Memoria Anónima. borrar

Casi todos nos vamos de este mundo de puntillas. Nuestra biografía anónima apenas sobrevive dos generaciones antes de diluirse definitivamente en la amnesia del desinterés de quienes vienen detrás por conocer de quién provienen. En la película "Enemigo Mío", la tradición de la raza de uno de los protagonistas, prescribía que todo individuo tenía como primera obligación vital el conocimiento y transmisión oral de su genealogía a sus descendientes, de forma que cada individuo no era sino el representante vivo de la memoria de todos aquellos que le antecedieron. Eran una especie de iguanas evolucionadas.

No son pocas las culturas humanas que rinden culto a sus antepasados. Aún así, si algo perdura en la memoria hereditaria de los parias, son los contados hechos loables -y deformados por el tiempo- del tatarabuelo, en el mejor de los casos. Pero quién fue, porqué, sus errores y, en definitiva, su humanidad -único testimonio de su existencia- se habrán evaporado para siempre a los pocos años de su desaparición. En realidad, es como si nunca hubiesen nacido.

Es lo ocurrido a muchos hombres y mujeres que dedicaron su vida a construir la dignidad y honestidad de otros seres humanos, empeñados en imbuir en sus mentes el discernimiento y la dimensión real del mundo que les rodeaba.

Fueron, y son, muchos. Pero hoy, de entre todos, me viene un nombre, reverdecido mientras repasaba viejos papeles, notas y apuntes de una época en la que aún estaba de vuelta de todo, recuerdos de una vida que ya parecía vivida, la sabiduría conque nos embadurna la inexperiencia.

El Goliath de cabeza de huevo, ojos saltones y parlanchines, de gruesos labios infalibles traductores simultáneos para sordomudos. Amante de todo lo amable, destructor crítico, impredecible y certero como un rayo, estrujador de conciencias, hazmerreir de los lerdos, espectador exigente, manirroto de las verdades con minúsculas.

Quien sólo le recuerde como un extravagante impartidor de clases de francés y filosofía, quizá tenga razón.

Pero Otto Wagner dibujó y abrió en muchos adolescentes, para bien o para mal, puertas sobre paredes que parecía lisas, en una época donde disentir, elevarse y desentrañar la relación entre las cosas, salirse del rebaño, ya empezaba a ser el primer paso hacia el ostracismo.

Ojalá otros que te conocieron más y mejor escriban y abunden, algún día, sobre quién fuiste, antes de que sean sus propias memorias las que se esfumen. Como un ínfimo y tardío homenaje, hoy leeré una página de Zubiri.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Pero ¿qué mestaj contando?

De nueve mil pies del altura, para arriba, éste que lo es no se cree una palabra. La realidad se alimenta de milongas y cuentos, cuentos chinos, cuentos que ni por el gaznate de los críos pasan. Y uno, que va acumulando años, desengaños y desbarajustes de todo calibre, pasa por cretino de necesidad, agarrando los picos de las mantas día sí, día no, sopesando las consecuencias de tirar. Y optando siempre por dejarlas como están.

El saco de maná de las ilusiones, de las esperanzas, se agota, se va agotando; rascas a tientas el fondo áspero y palpas apenas migajas. Los felices adaptados, integrados prematuramente en la colmena sin un ápice de esfuerzo, no lo entenderán. Son asumidores profesionales del entorno, portadores del mudo encargo vital de contagiar "boca a boca" su concepto de felicidad, cundiéndolo con el ejemplo. Qué mejor forma de apostolar que con la imagen viva que muestra las prebendas que reporta el sometimiento.

Juraría que el ahora resulta de un meticuloso cálculo mercantil. Me tranquiliza intuir esa existencia superior alojada entre almohadones en el más alto despacho de la más alta torre financiera. Ella rige el mundo a grandes rasgos, con trazos gruesos que cada uno de los millones de individuos afinan y detallan en su quehacer diario, pero que en nada cambian el aspecto, la perspectiva general del cuadro. De esa forma, al menos, me ahorraría el tedio de buscar un porqué.

Empiezo a temer la inexistencia del por otros tan temido plan director. El gran hormiguero humano se dibuja más bien como un numeroso conjunto de hormigueros con una limitada conexión entre sí. Universos aislados de hábitos, objetivos y necesidades diferentes, como muros frente a frente, imposibles de conjuntar y orientar hacia un horizonte común. Globalicen sin miedo, que del suelo no pasamos.

La vida es demasiado corta como para exigirle, además, que sea brillante. Cuando empezamos a razonar es tarde para dar marcha atrás. Con la inercia que nos aplican apenas tenemos tiempo de echar un vistazo, y es necesario elegir la dirección en plena marcha, preguntándonos mientras avanzamos si el sentido no será el opuesto. Así que no queda sino improvisar y asumir el probable tiempo perdido.

Los grandes filósofos pacifistas de siglos pasados murieron poniendo la otra mejilla, en la firme creencia de haber cambiado algo del mundo que encontraron. Tal vez se fueron en paz consigo mismos, pero equivocados. Los pocos caudillos y mesías que resistieron la corrupción -en general por la falta de oportunidades que supone un balazo en la cabeza- han pasado a los anales de la historia como simples "buenazos" puestos como ejemplo de lo que debería ser. Y poco más. La juventud es breve y apenas da para acudir a cuatro manifestaciones con fondo de utopía. Luego llega la realidad. Cubrir las necesidades, y la necesidad aún más perentoria de adaptarse y elegir entre consagrarte como un paria, o como un artista. A los parias se les ignora. A los artistas se les aplaude en el momento, y un instante después se les archiva en un lugar recóndito del subconsciente, allá donde la conciencia rara vez llega.

Quién se acuerda cada día de las lecciones magistrales de Mario Moreno o Patxi Andion. Quién prefiere vivir los sueños de diseño, a despertar y asumir la realidad.

Suerte, desde aquí, todos aquéllos que en estos momentos pugnáis por traspasar las empalizadas de Melilla. Sed bienvenidos a... Matrix.

viernes, 3 de octubre de 2008

Platero y ella, o la suerte de la fea.


Por la descripción literariamente impecable que de su cuadrúpeda persona hace su creador e interlocutor con el mundo real, quien más y quien menos tiene la idea hecha sobre cómo es Platero. Lo que en cabeza de uno ni de otro entraba, era que ese hocico húmedo flirtearía un día con el busto vivo de la mismísima reina de Castilla y territorios anexos, que al nombre de sabiduría responde.

El antaño castigado y como de mal nombre usado animal, vive hoy su época suave, como de algodón, felizmente sustituido por el diésel y mimado hasta el extremo del real morreo, siendo así previsible nominarle a honoris causa en el Príncipe de Asturias, que asnos más burros, además de zorros, se han visto laureados en Oviedo, no sin antes haberlo comido y bebido.

Pocos se percatan, sin embargo, que desde la dehesa contempla con sana envidia la subida de escalafón de los plateros del mundo, el bóvido azabache insignia de lo español que no se ve reflejado, en prosa o en verso, si no es para alabar sus estertores lacerados de sangre y metal, si no es para contar con qué garbo se deja chulear por un asesino y andante árbol de navidad.

Tiene el toro por cierto que llegará el día en que los cerdos del matadero y los ciervos del monte también anhelarán su destino, pero también que ése día no será hoy, ni mañana, que su suerte reside en un sórdido corredor, de la muerte, que encontrará masticando barro hecho de sangre y albero.

Entretanto, la Reina de los plateros lucha quedamente con las armas de su ausencia, reprobación por real silencio e indiferencia, mientras los Antonios Burgos del mundo despotrican, impotentes, sapos y culebras en tentativa de feroz chantaje castizo.

Las muchas diferencias entre griegos y romanos incluían, desde luego, el respectivo nivel de humanismo, de humanidad. A los hechos me remito.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Dos más dos debería sumar cinco.


Se dice que una mentira deja de serlo a fuerza de repetirla. Una sola afirmación es en la que coinciden los adocenados contertulios de todas las mesas en todos los debates que se montan por doquier en estos días, en televisión y radio, con motivo del advenimiento de nuestra señora, la crisis, y las paridas que por boca de uno y otro bando se dejan oír. Uno puede reflexionar sobre los puntos contradictorios a fin de decantarse por una u otra opinión, si le apetece, pero las afirmaciones manadas del consenso suelen escapar al análisis.

En este caso intentaré evitar el roce con las ondas emocionales, me limito a exponer fría y maquinalmente las premisas tan ciertamente como me sea posible, y obtener una conclusión.

El obrero, empleado, trabajador por cuenta ajena o como quiera que decidamos denominarlo, posee un bien vendible como es su capacidad para desarrollar un trabajo que produce un beneficio al empleador o empresa. La empresa necesita ese potencial y ofrece un precio por él, el salario, junto con una negociación de horario y resto de aspectos que afectan a la relación entre comprador y vendedor.

Todo comprador tiende a buscar el producto que, sin perder calidad, pueda obtener por menor precio. Todo vendedor pretende obtener el máximo beneficio por su mercancía, su capacidad para realizar un trabajo, en el caso del obrero.

Hasta ahora, la cosa es de una simpleza que pasma.

Vaya usted a saber por qué motivos, la convicción más de moda y sobre la que al parecer no hay tutía, dice nada menos que la inmigración es necesaria, imprescindible para España. Y es cierto, según como se mire.

Como también lo es que cuando el Mercado se inunda de un producto, el precio de éste baja. No es un invento mío. Es la ley de la oferta y la demanda, que rige de forma similar en el caso de los tomates, los coches y las relaciones laborales.

El equilibrio entre posibilidad de empleo y mano de obra ofertada obliga a satisfacer la demanda de subida salarial para poner en marcha el proceso productivo, manteniendo al mismo tiempo la estabilidad en los precios para no perjudicar el consumo, limitando de esta forma a unos índices razonables el rendimiento del capital invertido.

No es cierto, pues, que no existan españoles dispuestos a hacer determinados trabajos, labores agrícolas principalmente. Lo que no todos están dispuestos es a realizarlos bajo las condiciones y con los salarios impuestos por la patronal del sector. De hecho, a poco que busquen, pueden encontrar más de diez mil, los mismos que a estas horas están recogiendo uvas en Francia. Eso sí, duplicando o triplicando el salario que percibirían por el mismo trabajo en España.

De la misma forma que cualquier operario español acepta encantado trabajar en empresas públicas de servicios como EMACSA o SADECO –por citar ejemplos conocidos y cercanos-, a pesar de lo ingrato e insalubre de las tareas que pueden llegar a ser necesario realizar (cuando no sencillamente repugnante, si pensamos en alcantarillados plagados de cucarachas y ratas). Pero basta con dar un vistazo a los convenios colectivos de estas empresas y los ingresos anuales de sus empleados para entenderlo.

La inmigración es necesaria, desde luego, pero sólo para propiciar la devaluación del trabajo del individuo en beneficio del rendimiento económico del empresario.

Personalmente, el cinco me parece un número sublime. Pero no por ello dos más dos dejan de sumar cuatro.