lunes, 8 de junio de 2009

El Diputhado Invisible

No le será fácil a Ud. dar con él en la prensa oficial, pero existe. La llamada abstención activa ha quedado como séptima fuerza en España, tras PP, PSOE, Coalición por Europa, IU-ICV, UPyD y Europa de los Pueblos-Verdes. Más de 220 mil votos desaparecidos en el fragor del combate.

Como siempre, nadie ha perdido. En todo caso, han ganado menos. En éso, los votos son como los euros de ganancia de los bancos. Las dos grandes Holdings Electorales, PP y PSOE, saben que ganarán y presupuestan en consecuencia, a sabiendas de que el margen de pérdidas o beneficios electorales será mínima, y saldable con las puntillas habituales: resultado menos positivo de lo esperado es uno de mis eufemismos electorales preferidos. Es elegante, difuso y revitalizador. Demagogia en estado puro.

No he echado números ni pienso echarlos, pero si Europa de los Pueblos, con unos 380 mil votos, tiene escaño, un buen trozo del escaño de alguien debe quedar en blanco con los 220 mil de los míos. Igual me da que el diputado en cuestión se arrincone durante toda la legislatura, o que le amputen un brazo y una pierna, o que dividan el escaño de forma que un tercio de éste sea inocupable.

Cualquier cosa menos obviar la voluntad de un número de ciudadanos equivalente a la población de una urbe de tamaño considerable.

Aunque, puestos a negociar, cambio los 2/3 de escaño por un titular en primera página en, por ejemplo, El País. Que diga: "El voto de reafirmación al Sistema y rechazo a la ausencia de ética política es el único que se duplica".

Qué menos.

sábado, 30 de mayo de 2009

Elecciones sin elección

Ya se cierne sobre los mapas virtuales de mi navegador, la sombra ficticia de las Elecciones Europeas. En no pocas ocasiones me he preguntado porqué mi "tom-tom" no venía con el mapa de Europa preinstalado. Pregunté al vendedor y bajó la mirada, esquivo y avergonzado. Ni palabra, dijo. Pero estaba pensando: "imbécil, España no es Europa..."

Ahora, viendo pasar la cascada de viñetas cómicas de propaganda electoral de unos y otros, lo entiendo. Que la membrana pirenáica no ha sido lo bastante permeable, y el aire de Europa se ha quedado allí. La única forma de inyectar gases en este país es a través de un tubo, un largo tubo como el que, desde el núcleo de la Plaza de San Pedro, insufla en los deteriorados pulmones democráticos los vapores de cámara mortuoria que desprenden los santos y mártires católicos en descomposición, mezclado con el hedor radical a Benedictotenol, que una vez liberado sobre el centro de Madrid se combinará con la halitosis tardofranquista y cavernosa de Rajoy, y los efluvios química y políticamente correctos de Moncloa. Una atmósfera de garito, de antro, flotando el humo del incienso y los habanos sobre la mesa donde los distintos capos se juegan al póker las lindes de sus respectivas fincas y el ganado que sobre ellas pasta. El mismo Cortijo de siempre, pasando de mano en mano, se marqués en marqués, sin que ninguno pretenda sacarle más partido que el justo para sufragar sus bingos, sus juergas y sus putas.

Sólo los pastores de la iglesia merecen dolido reconocimiento a su profesionalidad y buen hacer, su total entrega y dedicación a la ganadería de las reses humanas y ordeño del Estado Aconfesional y Democrático, que lo uno no sería posible sin lo otro. Y quede el póker para hinchar las tetas de ociosos y vividores que, a fin de cuentas, también ellos son rebaño.

Será que aquí somos más de bellota, más cerdistas que el mismísimo Gran Cerdo, que ni se acierta ni se presta a acertar en la concepción de una Derecha Europea que extirpe del Partido Popular el Franquismo Enquistado que padece de nacimiento.

El cuadro que toca pintar es el de siempre, el paisaje gris y horizontal , sin luz ni alegría. Una petición de mano que llevará a muchos a donde siempre, y por los motivos de siempre. A agarrarse con asco al salvavidas del PSOE. Unas nuevas Elecciones, de nuevo sin elección.

viernes, 29 de mayo de 2009

Aquel Señor se va a enfadar...

Una elegante salida atribuida a Gabriel García Márquez decía “lo más importante que aprendí después de cumplir cuarenta años fue a decir no, cuando quería decir no”. Es una de las hazañas que tengo en “tareas pendientes”, más que nada por el considerable esfuerzo que me supone decirle “no” a quienes reúnen los requisitos fundamentales que son: contar con mi afecto, y esperar que diga “si”.

Por el contrario y aunque me ha costado lo mío, sí he aprendido a odiar. Durante la adolescencia uno cree que odia. Odia a fulanito, una comida, una rutina, odia a uno de sus padres o a los dos al unísono, odia no saber qué le pasa, odia la incertidumbre, odia su virginidad, o cualquiera de los cientos de objetos de odio posibles por ese entonces. Se trata de una era donde el odio es fácilmente confundible con el miedo o los anhelos.

Es muchos años después cuando se puede llegar a comprender que, en realidad, nunca se ha odiado como Dios manda. Y lo más sorprendente sobreviene cuando estamos en situación de concluir que no se odian los objetos o los animales. A éstos se limita uno a desestimarlos, ignorarlos, excluirlos de nuestra lista de elecciones.

Se odian las personas o, más concretamente, lo que representan esas personas, su actitud y lo que la interacción con ellos puede perjudicarnos. Se puede odiar en todos los ámbitos, en todos los roles que desempeñamos siendo, por ejemplo, peatones, espectadores, obreros, cuñados, conductores, padres o contribuyentes. Da igual, siempre entra en escena un personaje o personaja que se hace inmediatamente acreedor de nuestro odio.

Se me ocurre, sin ir más lejos, acordarme del que abandona las glorietas cruzándose -en actitud entre temeraria y vacilona- desde el carril interior; del empleado público que, apoyado en una máquina copiadora, nos invita a volver mañana con una fotocopia del DNI; del que mastica palomitas a destajo mientras desgarra latas de refresco en el cine; del que nos da con la puerta del ascensor en las narices dos metros y medio antes de alcanzarla; del que convierte una simple operación de cajero automático en una cita con cena romántica, velas, copa, puro y polvo; del capataz de obras públicas que da la faena por concluida dejando un escalón de cinco centímetros en el asfalto; del que pide educadamente a su cachorro que deje de berrear en público, mientras te señala con el dedo y le susurra "o aquél señor se va a enfadar"; del corrillo de encontradizos reunido en las aceras estrechas, ajenos al embotellamiento que se está formando tras su ameno tapón...

Sólo me reconforta imaginar cuántos me odiarán con la misma intensa espontaneidad. Sobre todo ahora, que les he desenmascarado públicamente.

miércoles, 27 de mayo de 2009

El Planeta lacrado

Estamos anclados a este planeta. Encerrados y revueltos en una angosta urna de cristal que nos concede la vista del Universo como una limosna, pero que apenas permite la respiración de las ideas sin obligarnos a respirar el vaho -a veces envenenado- del que, como nosotros, se ve empujado, amontonado y convertido en un mero transmisor de estereotipos.

Antes, cuando éramos un puñado de miles y tras el horizonte aún podíamos encontrar caminos desiertos, infinitos terruños sin dueño, huir era una cuestión de voluntad. Qué es la libertad, sino que la certeza de poder escapar.

Ahora podemos, como el Principito, contemplar un amanecer o una puesta de sol continuas, sólo con movernos a match-tres en dirección al sol, pero sin la posibilidad de extraviarnos de nosotros mismos. Porque la tierra ha perdido la virginidad y allá por donde nos dejemos caer será terreno conquistado, con sus latas de cocacola por el suelo, sus tradiciones desalentadoramente ancestrales y sus colillas pisadas por doquier.

Halcón Viajes se ha convertido en el catálogo de la resignación; y menos mal, porque sin la posibilidad de comprar la sensación de libertad, capaz de transformar a un gris obrero agobiado en colorido turista despreocupado, el trauma post-IRPF se haría insoportable.

Tolerancia química

Hay quien ha venido a este mundo para discrepar. Discrepan desde el mismo momento que nacen, y en la infancia, y durante la adolescencia y juventud. Algunos prolongan su discrepancia hasta la adultez y correlativa madurez, donde llegan a adquirir la condición de discrepadores profesionales, aunque sería más ilustrador el calificativo de discrepadores arbitrarios.

Frente a éstos, los discrepadores ocasionales -o de ocasión- que si bien parten en pole position discrepando de todo cuanto se menea, a la postre y tras arduas autoreflexiones, concluyen discrepando de lo que anteriormente discrepaban. Le ocurrió, sin ir más lejos, a una personalidad relumbrante como F. González y la OTAN.

La Discrepancia Por Defecto es una postura existencial, una filosofía de vida. El punto de partida seguro, que te deja las puertas abiertas para lucir una inteligencia demócrata ideal y cambiar de bando cuando convenga, con desprendimiento de energía durante la reacción y ganancia de tres átomos de buena reputación. El estado opuesto sería el Cretinismo Por Defecto, es decir, adherirse sin discrepar a la postura imperante, lo que corta la posibilidad de retirada y conduce por el camino de la no-discrepancia forzosa. Le ocurrió, sin ir más lejos, a un pariente de Pinocho: Rajoy. Y a su pepito grillo: J.M. Aznar.

Las iniciativas ajenas son idóneas para practicar la discrepancia por defecto, siempre y cuando se discrepe con unos márgenes de tolerancia adecuados que permitan una rápida rectificación-adhesión con ganancia de medalla, a condición de que la idea puede ser debidamente plagiada y asimilada como propia, aunque sea de naturaleza tan estúpida como la que a uno mismo se le podría ocurrir pero que calla para no desencadenar en los demás procesos similares de discrepancia por defecto. Le ocurre día si, día no, sin ir más lejos, al Presidente del Gobierno.

Discrepar por principios equivale a sembrar hoy para recoger mañana. Por ello, yo discrepo a la menor oportunidad, esperando que pinten calvo el momento de fingir que el otro tiene parte de razón y yo estoy de acuerdo, con lo que parte de esa parte de razón también es mía. Con algo de habilidad incluso se pueden cambiar las tornas y ser yo quien defiende el magnífico "A" que antes defenestraba. Y abandonar el "B" como única opción para el otro, que a estas alturas ha olvidado hasta por dónde iba.

A mí no me está dando buenos resultados, pero a otros sí. Será que segrego, sin darme cuenta, la hormona de la falta de credibilidad.