lunes, 19 de mayo de 2008


Últimamente, gran parte de lo que leo y oigo me recuerda invariablemente escenas de aquel corto de Buñuel, El Ángel Exterminador, donde el puñado de invitados a una fiesta eran incapaces de salir de un salón, sin razón lógica que lo impidiese.

Finalmente, he concluido que se trata, simplemente, de un efecto secundario –colateral, como dicen ahora- de la hipocresía, tanto propia como ajena. Nada preocupante, por tanto.

Cuando busco un lugar, un ámbito, en el que la hipocresía no se haya enquistado, donde no haya enraizado hasta petrificar la esencia de las cosas, no lo hallo. Y que nadie me proponga enclaustrarme dos semanitas en uno de esos monasterios modernos que admiten visitantes en busca de paz interior, porque es tan engañoso como la calma en el ojo del huracán.

Porqué nos resulta imposible, entonces, salir del círculo vicioso de la vista gorda y la hipocresía.

Probablemente por instinto de conservación, por miedo a que nos arrastre la misma corriente que está ahogando al que, de no peligrar nuestra propia seguridad, tal vez intentáramos salvar.

Ante tantos cadáveres flotando como a diario nos cruzamos, nuestro subconsciente ha de defenderse, inventar excusas que cuajan como el hormigón y forman diques que contienen los remordimientos por consentir tanta injusticia, tanta miseria.

No se engañen los vendedores de hoy en día, los vendedores de cosas, de ideas, de paraísos, de esperanzas vanas, no se engañen, porque no quedan tontos en el mundo. Nadie tima ya a nadie, no compramos sucumbiendo a una artimaña publicitaria. Estamos lo suficientemente advertidos como para picar inocentemente.

Lo que hacemos, lo hacemos porque queremos, porque nos conviene, porque nos causa placer de una u otra forma, porque nos aporta seguridad individual, porque probamos suerte a ver si es éso lo que nos falta. Y maldito el carajo que nos importa las repercusiones que nuestra elección pueda tener sobre los demás. Así funcionamos.

Como los de Buñuel, nos quedamos dentro sin saber siquiera qué hay fuera, porque lo inmediato es lo único que importa. Por eso la Humanidad avanza con exasperante lentitud, porque sólo da un paso adelante cuando nace un loco carente de instinto de conservación, ajeno a dimes y diretes; y ello ocurre cada varias generaciones.

Cuando el loco deja al género humano en evidencia, cuando logra escupirles sus errores y su hipocresía -los errores e hipocresías propios de cada época- entonces y sólo entonces nos vemos empujados, queramos o no, por la evidencia inaplazable y la necesidad de adelantar las líneas de defensa del subconsciente colectivo.

A estas líneas de defensa les llamamos “mentalidad de la época”, y marcan las pautas de comportamiento de las civilizaciones, lo que puede o no concebirse como posible en un momento de la Historia.

Y ruego que nadie suponga que entre tales locos cuento al mítico mesías cristiano –entre otros-, porque a su supuesto paso por este mundo y a la interpretación que de este hecho han arbitrado sus seguidores, debemos buena parte de la ruina ética de la civilización y el germen de enfermedades sociales ya tan arraigadas, que su erradicación es impensable al día de hoy.

Cada vez que un individuo interpone a dios como excusa o motivo de sus actos, por muy altruístas que éstos puedan parecer, la parte de la Humanidad que lo aplaude da un paso atrás, y en esa regresión nos arrastra a todos.

Y escribo ésto por puro convencimiento de que, las más de las veces, necesitamos que nos recuerden lo evidente, lo que nunca hemos olvidado. Empezando por mí mismo.

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