sábado, 15 de mayo de 2010

José Luis se ha asustado de sí mismo, esta vez. Ni mirándose al espejo acaba de creerse lo que ha sido capaz de hacer. Ha tocado el tótem sagrado, los fundamentos cosmogónicos de la civilización, lo único que parecía y permanecía inalterable en medio del caos: el salario de los empleados públicos.

A estas horas sufrirá, convencido de haberse granjeado el desapego eterno de casi tres millones de seres que, hasta hace un par de días, pacían felices en los pastos verdes, tiernos, frescos y eternos de la soldada garantizada a todo riesgo.

Y José Luis, el pobre José Luis, ignora que con su arrojo y valentía ha tallado en piedra viva el cauce que traerá a sus súbditos el sosiego y la paz interior que hace ya tanto perdieron. Que una nación entera dormirá a partir de ahora más tranquila, feliz y agradecida.

Los Mercados, que es como decir los macro empresarios, los inversores, los especuladores, los rentistas y los estandartes y directivos de entidades financieras, se acostarán ahora seguros y confiados en que la tormenta les ha pasado por encima sin rozarles siquiera, lo que bajo un gobierno de izquierdas no es poco.

Los trabajadores por cuenta ajena que aún conservan su empleo y los que lo han perdido, conciliarán el sueño bajo el cálido manto de satisfacción que proporciona la certeza de que, tras la simbólica pérdida de inmunidad, a partir de hoy el mundo es un poco más justo.

Los pensionistas acostarán a sus nietecillos contándoles el cuento más hermoso, el que narra cómo aún se sienten útiles y orgullosos por serle dada la posibilidad de ofrecer algo de sí mismos en pro de la salvación de Occidente.

Muchos funcionarios, por último, dormirán ocho horas seguidas por primera vez desde que fueron enchufados o resolvieron su oposición, al fin en paz consigo mismos, libres del remordimiento largamente sobrellevado que suponía la certeza de que su esfuerzo y prestancia rara vez guardaba proporción con sus retribuciones dinerarias.

¡Qué decreto tan simple y, al mismo tiempo, tan sano y salvífico! Como ayer certificaba nuestro Príncipe Azul bajo la mirada enamorada de su Princesa Muerta, se nota que el Apóstol Santiago sigue velando por nosotros.
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