martes, 29 de julio de 2008

Carnet de manipulador

Traer criaturas al mundo es una operación demasiado sencilla. Basta con disponer de un par de sistemas reproductores complementarios en un estado aceptable de funcionamiento, un minuto de enajenación mental (normalmente transitoria), y el proceso queda desencadenado. Aquéllo ya va por libre, crece sin control aparente arrinconando con prepotencia las vísceras vitales de la feliz anfitriona, amén de arrojar torrentes de sustancias que parecen diseñadas por el mismísimo Dr. Hyde, a juzgar por los aparatosos cambios de aptitud y actitud que desencadena.

Pasado el tiempo prefijado hasta completar el proceso, te ponen en las manos un ser humano, un cachorro de ser humano concretamente, palpitante, indefenso e incapaz de la más rudimentaria comunicación con sus dueños-progenitores. Y digo dueños porque, en realidad, somos los amos y señores de una persona a la que podremos mimar o maltratar, cultivar o esclavizar, amar o detestar y volcar en ella cuantas fustraciones nos apetezca, sin que nadie, absolutamente nadie, intervenga en su favor.

En una primera reflexión, se me antoja curioso que los trámites de adopción sean extremadamente rigurosos en cuanto a la calidad humana y potencial afectivo de los futuros padres postizos, tan valorada en los baremos como puede serlo demostrar sobrada capacidad para proporcionar medios materiales al crío; en una segunda reflexión, estupor -casi horror- ante la comparación con la situación objetivamente análoga, sólo diferenciada en que el nuevo ser humano procede biológicamente de nuestro propio organismo.

¿Qué diferencia existe entre ambos? sencillamente que, en el primer caso, el Estado procura cerciorarse de la calidad de los nuevos padres y efectúa un seguimiento exhaustivo de la calidad de vida del niño, mientras que en el segundo caso a nadie le importa un rábano que los que te sacan liado en una toquilla te vendan a un tratante al torcer la esquina.

Convertir un bebé en un ser humano libre de taras es la tarea más delicada que puede emprenderse. Y a ningún incapaz debería brindársele la oportunidad de echarla a perder.
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