miércoles, 26 de agosto de 2009

Retrato de un niño especial

Cabe suponer que ha sido buena idea impedir la exhibición de retratos de milicianos vascos en los baretos del lugar. Los motivos son convincentes, de cajón, de blanco o negro, de tú o yo. La libertad, el respeto y la tolerancia, tienen esos límites, esos inconvenientes. Venerar o admirar retratos de tipos que han quitado fríamente de enmedio a gente inocente puede llegar a considerarse inadmisible.

Allá por 1441 nació en Aragón un
niño especial. Su aristocrática cuna y excepcionales virtudes intelectuales y humanas le fueron premiados con sendos doctorados en la Universidad de Bolonia primero -donde obtuvo y ejerció, además, cátedra de Filosofía Moral-, y con la obtención de la monseñoría de la Catedral de Zaragoza después, corriendo ya el año 1474, tras un brillante y abultado currículum.

Por aquellas fechas, era Aragón un fortín de poderosas familias de conversos, irredentos y herejes como ellos solos, firmemente reacios a la instauración y normal celebración de los autos de fe del Santo Oficio necesarios para mantener y fomentar el buen orden en las ciudades de aquel entonces. Fue en 1484 cuando, en buena providencia, fue co-nominado como incoador y gestor de dichos autos, granjeándose de esta forma la enemistad de las pudientes élites, a quienes no tembló la mano a la hora de asesinar por envenenamiento a su coadjutor. Así, amenazada su vida y habiendo sobrevivido milagrosamente al menos a tres serios atentados, nuestro
niño especial obtuvo fuerzas de flaqueza y acometió ilusionado su misión en solitario, siendo que el 3 de junio de 1484 dos herejes son condenados a muerte, y Aldonza de Perpiñán arde como una tea en el patio del Palacio Episcopal zaragozano, acusada de llevar a cabo ritos judíos. Con idéntica pulcritud, un año después expedientó con diligencia a Salvador Esperandeo y Guillermo de Buisan, que morirían quemados varios meses más tarde. De los también acusados Bartolomé Sánchez y Bernardo de Rivas poco puede decirse, ya que desaparecieron sin dejar rastro.

La honestidad y el fiel cumplimiento de la Ley siempre tiene un precio, y nuestro
niño especial murió un 17 de septiembre de 1485 como resultado de las heridas de arma blanca causadas por asesinos a sueldo enviados por sus enemigos, si bien es justo reconocer que su muerte no fue en vano, ni su obra acabó al tiempo que su vida.

Los malhechores fueron capturados, cortándosele las manos a uno en el lugar del crimen, para más tarde ser llevado a la plaza, decapitado, descuartizado y quemado, afortunadamente por ese orden; otro acabó igualmente sin manos antes de muerto, y aquéllas clavadas en el portón de la Excma. Diputación; los huidos, apresados camino de Navarra e imaginativamente ajusticiados, etc. En total, sin contar a dos que por remordimientos saltaron desde una torre, nueve fueron ajusticiados a temperatura ambiente y trece asados en
esfinge, entre los que dicen las crónicas que se encontraban unos tales Juan de Esperandeo, Vidal Durango, Luis de Santángel, Jaime Montesa, Juan de Pero Sánchez, arrendador del General, Alfonso y Guillen Sánchez, hermanos del tesorero general, Gaspar de Santa Cruz, García de Moros, Martín de Santángel, Sancho de Paternoy, Domingo Lanaja, Francisco de Palomar y Pedro de Almazán, todos de noble linaje pero desafectos a Dios y al Rey, a quienes, en adelante, la antaño negada aristocracia zaragozana tomó un tan solícito afecto, que hubo quien vió en ello mano del mismísimo Jesucristo.

Pedro de Arbués, que así se llamaba nuestro niño especial, descansó por fin en la paz de tan mullido colchón de cadáveres -entre propios y póstumos- a la espera de una canonización en bondades que tardaría casi cuatro siglos en llegar, tras varias iniciativas que, inexplicablemente, no prosperaron en su tiempo.

El ahora San Pedro de Arbués Mártir -mártir por tres cuchilladas, haríase bien en aclarar-, obtuvo la canonización contemporánea a la proclamación de los dogmas de la inmaculada concepción de María e infalibilidad papal. Tres inequívocos aciertos.

Por tanto, querido lector, si a las puertas de alguna iglesia le obsequian una estampita con el retrato de San Pedro de Arbués Mártir, intente imaginar el cuerpo menguado y carbonizado de, por ejemplo, Aldonza de Perpiñán, y un aparato llamado garrucha que, contra toda lógica, no cuenta en el inventario de las reliquias del santo.

Y es que, cuando se venera o admira un retrato, hay que estar seguro de quién se trata.
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