sábado, 26 de diciembre de 2009

Una pregunta estúpida.

Aunque a un católico le pueda parecer imposible, existen parejas que no desean tener hijos. Suelen ser personas cuyos cánones y actitud difieren bastante en los pasos vitales que, de mejor o peor grado, la mayoría accedemos a seguir.

Son heterosexuales, hombre y mujer, se aman o se desean y resuelven formar una pareja según las preferencias de cada quién. Pero de su proyecto deciden libremente excluir la posibilidad de producir descendencia.

Pregunta estúpida: Considera la mayoría católica que estos matrimonios deberían considerarse anulables, ya que, tal y como ocurre en las uniones homosexuales, la procreación no es la finalidad que se persigue?
Y díganme ustedes. ¿No se han sentido un tanto estafados, tomados por imbéciles, comidos por sopa, emocionalmente violados, tratados como ganado y políticamente damnificados con esta historia de la cima de Copenhague?

Así nos resulta mucho más fácil asumir nuestra condición de metequetrefes. De Don Nadies. De ceros a izquierda y derecha de los tótems que acudieron a arreglar el mundo.

Cuando las manadas bienpensantes se tiran a la calle pancarta en ristre demandando un acuerdo global para la recuperación del planeta, ¿en qué están pensando? ¿en echar la llave a las industrias del mundo entero y despachar al paro a cientos de millones de individuos/as? ¿en retornar a la antorcha, la cueva y la hoguera?

Todos decimos querer frenar la destrucción que hemos provocado, pero nadie accede a modificar un ápice su forma de vida, causa primera del desastre que, al parecer, se avecina. A una escala mayor, los mandamases tampoco van a ceder un palmo de terreno. Incluso la buena Europa reconforta su conciencia comprando al pobre su pobreza con un chusco de pan para hoy y hambre para siempre. Tú, vegeta, que ya contamino yo por tí.

No va a haber acuerdo. Ni ahora lo ha habido, y nunca lo habrá. Al Tercer Mundo le importa bien poco el cambio climático, y conforma el 70% de la población global. El hambre, las enfermedades y la muerte como menú del día es lo que tiene, que le vuelven a uno un tanto pasota. Más bien esperarán que al opulento vecino de arriba le de un mal dolor y reviente, ya sea de la mano del CO2 o cualquier otro imprevisto que bienvenido sea, por si de una vez por todas se les ofreciese la oportunidad de prosperar sin verse continuamente estrujados y económicamente esclavizados.

Quienes detentan el poder no tienen prisa. Para cuando el agua les llegue, hipotéticamente, a los talones, el resto del mundo ya flotaría muerto y boca abajo. Escogen sus residencias en lugares paradisíacos y si los jardines amurallados se secan por el aumento de las temperaturas, existen miles de latitudes donde elegir nueva guarida domótica a buen recaudo de las inclemencias del tiempo.

Los países del Segundo Mundo no van a renunciar a sus aspiraciones de subir a primera división al precio que sea, mientras que los estados de la categoría de honor ven con malos ojos una competencia excesiva a todas luces.

Mientras, en la calle, el egoísmo de cada cual espera el milagro que les salvará de un peligro en el que, en el fondo, no creen demasiado. ¿Qué fumador cree que será precisamente él quien acabe con un cáncer en sus pulmones? Ninguno.
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