jueves, 4 de septiembre de 2008

Suero del olvido.

Los cambios de estación suelen venir acompañados de una renovación general en forma de moda, moda que afecta no sólo a la vestimenta, sino a los asuntos públicos en boga.

Está comprobado que la moda en la Era Moderna es cíclica; los pantalones de campana, la minifalda, los cuadros o los tonos pastel vienen y van de los escaparates periódicamente, de forma que "este año se llevan los cuadros" y el que viene "se lleva de nuevo la maxifalda".

Prácticamente con la misma cadencia, el candelero político y social viene y va dependiendo de lo que interese relevar o relegar, o lo uno al servicio de lo otro. La intención del gobierno de traer el aborto al primer plano es interpretado por la oposición como una dosis de suero del olvido para con la crisis. Y cabe la posibilidad de le asista la razón.

De la mano del superjuez llega otro asunto dispuesto a compartir cortina de humo con el aborto en forma de clase práctica de memoria histórica, de cuya oportunidad se desmarca algún que otro socialista de tercera regional sin que esté del todo claro, al día de la fecha, el ámbito e intencionalidad de la iniciativa, lo que determinará los obstáculos reales, legales y hasta corporativos con los que pueda encontrarse Garzón, ya que es del gremio del omnipotente Olimpo de la Judicatura de donde mayor número de rayos y centellas le están dejando caer.

La arritmia económica viene a sustituir en la prensa del hígado a la negociación con ETA, existiendo serios indicios de nominación como sermón de cabecera de la oposición para la presente legislatura. La misma canción del Otoño, con igual intérprete y ligeras novedades en la letra.

En realidad y aprovechando los símiles deportivos tan populares en estos días, la patología de esta economía enferma está clara como el suero fisiológico: un simple exceso de dopaje. De todos los símiles y metáforas explicativas confeccionadas sobre el tema, creo que ésta es la que mejor se presta a explicar los síntomas, causas y posibles curas de la dolencia monetaria.

El crecimiento se ha mantenido muy por encima de su índice saludable a base de comida basura, la especulativa y urbanizante, con lo que es de ley biológica que si limitamos las dieta a un solo tipo de nutriente, acaben produciéndose graves carencias y desequilibrios que sólo pueden corregirse metiéndose en cama haciendo vida sana y complementando las carencias alimentarias.

La economía es una plasta, un bodrio, un seguro de aburrimiento, previsible e instintiva ahora que se demuestra que el ser humano suma por intuición, por mucho que los magnates -curioso el parecido físico entre los términos magnate y mangante- y entendidos en la materia se obstinen en presentarlo como simbología rúnica.

Mi intención en este post era reflexionar sobre el suero de la mentira, complementario supongo al suero de la verdad, por eso de que todo ying tiene su yang y el universo es un equilibrio positivo y negativo en si mismo, o viceversa, pero está visto que hoy estoy por irme por los cerros de Úbeda a la mínima de cambio.

Así que recojo los hilachos que me dejo en la confección de este tapete amorfo que me está quedando y, sin salirme de la moda, me sitúo en la época de la Transición -quizá Transacción- que en estos días anda también de bocaza en bocaza y que coincidió con mis primeros afeitados, es decir, en un estado bobalicón del que sólo he sido consciente con décadas de retraso.

Evidentemente, después de los océanos de literatura en que nos han bañado últimamente a propósito del tema, no viene uno a descubrir la pólvora, ni mucho menos. Pero mis manías sinópticas me suelen llevar por los derroteros del mínimo común divisor, dado que no hallo pruebas concluyentes que demuestren la existencia de un solo tipo pintado de objetividad al que dar crédito.

Despejadas ciertas incógnitas y reducidas las variables en lo posible, me encuentro con una expresión resultante que, sinceramente, no me esperaba. Reza, simplemente, así:

El Poder es un transformista que logra engañarse incluso a sí mismo. Y el hombre, un animal al que la constancia de su propia muerte le impide asumir un objetivo como especie.

La Transición sucedió como en aquéllos momentos había de suceder. El miedo jugó su papel principal, el aparato franquista se deslizó de puntillas hacia bastidores en un alarde de inteligencia política; los nuevos actores memorizaron el guión y lo interpretaron como mejor supieron; los perdedores se sentían liberados sin necesidad de luchar, y los vencedores sujetaban firmemente los hilos de las marionetas. Todos nos inoculamos de forma más o menos consciente una dósis suficiente de suero del olvido.

Ni unos ni otros tenían la certeza de lo que venía después, sólo cabía la improvisación diaria, volver a vigilar las trincheras, esta vez incruentos escaños de polipiel, y estar atentos todo movimiento contrario que resultara sospechoso.

Al día de hoy, los vencedores han demostrado que merecieron la victoria, a través de la secular coherencia frente a unos eternos vencidos cada vez más débiles, fragmentados y desorientados a pesar del relativo optimismo de unos resultados electorales precarios que dividen la población en dos mitades cuantitativamente simétricas, pero que cualitativamente inclina la balanza de un golpe seco y determinante. A su favor.

El el sanguinario hecho del derrocamiento de la democracia se está convirtiendo en un fantasma difícil de exorcisar. La cínica Oposición sostiene que cerrar los ojos bastará para que deje de existir. Que a los ciudadanos no les interesa la parapsicología política. El partido gobernante está convencido que desenterrar los cadáveres, al más puro y manido estilo polstergueist de Hollywood, bastará para que el espíritu de la salvajemente asesinada democracia descanse, por fin, en paz.

El espíritu de aquella joven democracia muerta pasa de padres a hijos, de generación a generación, a la espera de que el asesino reconozca, de una vez, lo atroz e injusto de su crimen, como única opción para formar, definitivamente, parte del pasado y reunirse con el resto de episodios que ya consideramos como historia.

Son cuatro las puntadas de nada que faltan para dar por terminada la Transición.
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