jueves, 18 de marzo de 2010

I.V.A. ¡Arriba con ella!

Las cuentas no me salen. Ni me entran. No comprendo la filosofía que ha impulsado al gobierno a tomar este atajo en la nivelación de las cuentas públicas, pero me da la espina que tampoco va a funcionar. En todo caso, el aspecto fundamental radica en que con esta subida se produce un nuevo incumplimiento de las promesas del Presi: la crisis no la pagará la clase media y trabajadora. Pues sí, a este paso, la va a volver a pagar. Y éso después de abonar a los bancos 1.500 euros por cabeza, que aunque no lo hayan arrancado directamente de mi bolsillo, de lo que es el impacto emocional aún no me he recuperado.

Hubiese sido mucho más simple y justo duplicar el I.V.A. de las joyas, de los yates, de los jets, de los vehículos que excedan la categoría de utilitarios, de los cruceros, de los restaurantes que sirven flores en lugar de filetes, de los viajes a destinos demasiado exóticos, de los hoteles de 5 estrellas y un pulsar, de las viviendas de más de 120 metros cuadrados, de la alta costura, retomar del impuesto de transmisiones patrimoniales, y un largo etcétera que se me ocurre y que cae por su peso: adquisiciones que sólo pueden permitirse las rentas altas y muy altas, y a cuyas cuentas igual les da un porcentaje que el triple de éste.

También podríase limitar la percepción de 2.5oo euros por hijo a aquellas familias que lo necesiten, condicionar toda ayuda estatal en cualquier ámbito al casi siempre infalible baremo de ingresos del beneficiario, por ejemplo.

Éso, Presidente, sería evitar que la clase media pague la crisis.

Sin solución de continuidad.

Este blog vierte, sobre todo, opiniones personales del tipo que suscribe que están basadas en reflexiones superficiales, hechas a partir informaciones genéricas y diversas, sobre personajes y sucesos también varios.

Diaz Ferrán es uno de esos personajes que, si no fuese su escasa calidad personal, serían prácticamente nadie o, como es el caso, el cuasi anónimo representante de un colectivo.

A Diaz Ferrán pueden serle aplicados múltiples calificativos, tantos como actividades empresariales desarrolla, pero quienes le aupan y sostienen son tan fácilmente adjetivables como él mismo. En su reciente renovación como representante de los empresarios del país ya han saltado algunas alarmas en forma de voces discordantes y disconformes con la idea de verse mirados en un estafador de poca monta mimado por las autoridades incompetentes.

Díaz Ferrán, a estas horas y por méritos exclusivos, ya debería estar fuera de la circulación -no usaré metáforas sobre a cadáveres andantes por que el personal anda muy susceptible desde el asunto de Aguirre en feisbuc-, y ser considerado un peligroso criminal en materia económica y empresarial, una vez comprobado que amortaja todo cuanto toca y que la única lucrada es su propia persona física y jurídica. La jugada de Air Comet debió bastar para abrir los ojos del Ministerio correspondiente y apresar y poner a buen recaudo a este tipo. Pero en esta tierra, el inocente ha de demostrar que lo es mientras el evidente culpable campa a sus anchas en tanto se mantenga dentro de los límites cuantitativos legales que distinguen el hurto del atraco a mano armada.

Es el fruto de un Estado y un Sistema inútiles. El Estado es un recaudador que se deja ver sólo en época de recolecta. Entretanto, somos estafados por compañías mercantiles de todo tipo y en todo ámbito, muchas de ellas de titularidad o participación pública. Vengan a mí las eléctricas, telefónicas y suministradoras varias a violarme por donde les plazca, vengan las aseguradoras a regatearme lo que tengo más que pagado, las líneas aéreas sobradas de pasajeros pero no de pasajes, las administraciones públicas darme el pan simbólico del empleo y la vivienda.

Díaz Ferrán no está presentable, y sus electores lo saben, por más que enmascaren su reelección en las justificaciones más neocon y absurdas. La única forma de tratar con él sería la expropiación pura y dura, repasar las notas de qué se hizo en RUMASA y actuar en consecuencia. Y las eléctricas catalanas ya deberían estar públicamente sancionadas con varios cientos de millones de euros, que la Administración se encargaría de repartir justa y generosamente entre los perjudicados.

A los sinvergüenzas, sólo les escuece el bolsillo. Por el momento, sólo me cabe preguntar porqué el ciudadano resulta siempre el más desaparado por la Administración. De qué credibilidad esperan disfrutar los próximos años los empresarios, con semejante botarate como mascarón de proa. Cómo podrán seguir reprochando a la sociedad el pobre concepto que tiene del empresario español, plañidero sabihondo, explotador y gurrumino donde los haya.

Con Díaz Ferrán y su asociación de empresarios, resulta fácil y divertido ser de izquierdas.

Prefiero una verruga.

Hay verrugas que son como una mosca congelada, visibles a varios metros y posada sobre el antebrazo, la espalda, la mano o la cara del portador. Los más valientes visitan al dermatólogo para que acabe con su fea presencia.

Hace unos días pasé cerca de una muchacha bien parecida que portaba dos de estas anormalidades, sobre el cuello la primera y una segunda a pocos milímetros de la comisura de los labios. Uno les compadece instintivamente y piensa "juer... si yo tuviese éso ahí..." ó, como en este caso, "...con lo mona que es y mira tú, nadie es perfecto...". Nuestras respectivas trayectorias nos acercaron un tanto, lo suficiente para percatarme de que las supuestas verrugas eran, en realidad, una especie de perlitas plásticas marrones fijadas a un minúsculo alfiler que perforaba la carne, con una piececita de ensanche en el orificio de salida para evitar que su desprendimiento.

El ser humano ultramodero adopta, paradójicamente, costumbres tribales ancestrales, como colgarse cosas de la piel. Estamos habituados a verlo de dos o tres décadas hacia acá. Pero fue el pirsin del cuello, justo sobre la aorta, el que me confundió hasta el punto de pensar que ambas moscas, idénticas, eran verrugas.

Puestos a jugar con fuego, he decidido colocarme uno de estos artilugios sobre la arteria femoral. Será excitante, tanto o más que una operación quirúrgica a corazón abierto o escalar un risco con los dientes, sin la certeza de sobrevivir al implante si el operador yerra el pinchazo mínimamente.

Creo firmemente que por lo diminuto de esos agujeritos y en los mecanismos prendidos, se cuela roña y salivilla que secarán, mutarán y se convertirán en otra cosa, como ocurre con todo lo orgánico. A falta de la capacidad para hacer predicciones al respecto, personalmente, prefiero una verruga.
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