martes, 22 de junio de 2010

El Contra-Impostor Institucional.

Cuando hace ya varios años comentaba con amigos forasteros, casi todos de izquierda, las paradojas que podían llegar a darse en esta tierra de San Rafael Santísimo, sentía en la piel de los ojos las punzadas de los suyos. Era yo el envidiado habitante de la única capital provincial y provinciana gobernada por un partido comunista, y con éso ya parecía que lo demás quedaba solventado, que el resto de agentes sociales -adoro la jerga surrealista- que completan la fauna pueblerina se relegaban a meros percheros de trajes gurtelescos.


Tres culturas compartiendo con provecho mutuo espacio social y político ya es un logro, pero que el invento funcione incorporando además el Marxismo, raya el milagro en el sentido más abrupto del término. Claro que, en este caso, la presencia de dos de las cuatro culturas es simbólica: ni el Islam ni el Judaísmo recorre oficialmente estas calles siglos ha, de ahí tal vez la mayor facilidad con que ha conservado la connivencia entre Catolicismo y Marxismo. Ahí es nada.


Ésto que, a primera vista chirría como uñas en pizarra, puede tener una explicación tan simple como desconcertante: que ni uno ni otro son lo que dicen ser. Yo la llamo la Teoría del Contra-Impostor Institucional.


Líneas de pensamiento tan potentes y disonantes entre sí como el Catolicismo y el Marxismo no pueden, sin trampa, discurrir en paralelo durante un periodo de tiempo tan prolongado. Y trampas, cada cual ha hecho la suya, a su manera y con su propia baraja.


Empezando con el Marxismo democrático local, reducto incomprensiblemente inexpugnable desde hace décadas, debe su prodigio tardío al préstamo católico del don de lenguas y el beso de judas con carmín, que le ha regalado movilidad entre las clases, desde la plebe de mercadillo a las altas esferas estamentales, sumando el cotorreo de sacristía y el codeo y recodeo con las fuerzas vivas del adoquín que jamás visitó Marbella. Toda una obra maestra de orfebrería de gestos y vista gorda.


De ahí al Catolicismo pelegrino, euro tangado y sabandija, un paso. Que, como al gato, el Patrimonio es mío y me lo follo cuando quiera. Tal así una urbe que brilla como la Atlántida y tizna como Sodoma, tierra de bono-basura, sotana y alguacil, marisma de desidia, rosario y calcetín bajo ladrillo, donde las manos sólo se mueven para proyectar quimeras en papel y burda maqueta, ciudad dibujada, imaginada en inacabables viñetas de TBO, pueblucho con más curas que médicos, curas jugando a Botín, jugándose el botín; de siesta y bostezo, de ya llegará el verano.


Los chulapos no saben dónde han ido a poner la era. Los hombres de negro permanecen agazapados, para no verse y convencidos de que no se les ve; murmurando sus mantras a San Rafaelísimo Bendito a fin de que les otorgue otra oportunidad, empeñando su alma porque esta vez serán buenos, buenos cristianos, y no se dejarán vencer por la tentación de la ostentación, el lucro y la sinvergonzonería en sus más variadas recetas. Y es de suponer que el Patrón, un tanto obsesionado con la pesca, en una distracción concederá el deseo con la irresponsabilidad del genio de la lámpara.


No acaba de entender que él es de piedra, pero los demás no. Como los alcaldes, los patrones deberían hacerse elegir cada cuatro años.

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