miércoles, 6 de mayo de 2009

Por imposible

Dos mil años son muchos sin marcarse un baile. Desde aquellos lejanos y gloriosos tiempos de los ciudadicidios, los mares abiertos a lo grande, en canal, y resto de imponentes efectos especiales, a los dioses monoteístas se les ve desganados. Diríase que aburridos. Tanto es así, que se conforman con mandar de cuando en cuando una aparición subalterna para mantener viva la llama de la fe y tal. Los aparecidos dan unas cuantas instrucciones, generalmente en clave política y utilizando el mismo argot, y desaparecen dejando tras de sí los cimientos de un nuevo enclave turístico donde construir kioscos de recuerdos y hotelitos con torres vigía para otear el horizonte, por si a Su Santidad le da por volver.

Pero, entre usted y yo, tengo la impresión que las apariciones católicas son como las bombas, nunca caen dos en el mismo sitio. Evidentemente no puedo demostrarlo, pero como de fe e intuición va la cosa, pues puedo permitirme el lujo. De decirlo, al menos.

Los fieles algo deben de sospechar, no obstante, puesto que por algo han inventado los circuitos sacros, una especie de viaje de novios a Italia pero con menos relaciones sexuales, durante el que saltan de capilla mariana en capilla mariana con breves estancias en cada una, con la esperanza de si no en una, en otra, pillar al escurridizo espíritu en plena aparición. Tontería, ya digo.

Lo que no me parece de recibo es mandar a tu propia madre a hacer los recados, pero allá cada cual con su conciencia.

Para mí que Dios nos ha dejado por imposibles y nos está haciendo el papel. La primicia es dejarse caer con un virus hecho para resfriar cerdos, y que lo único que está dejando es un largo y espeso rastro de mocos. A mí me parece bien, pero si fuese creyente, me sentiría no sólo defraudado, sino seriamente insultado y ninguneado. Una chapuza comparada, por ejemplo, con la memorable plaga de los primogénitos o el VIH, ambas maldiciones selectivas y muy curradas. Con clase. Lo otro, un apaño casero y no por incompetencia, sino por simple dejadez.

Ayer mismo en un documental, una especie de madril bajaba cojeando una colina. La escena me resultó familiar porque portaba dos tablas en las manos y aullaba a la turba de simios que le esperaban abajo un tanto intimidados, acostumbrados como están a Charlton Heston. La jugada está clara.

Este Yaveh no escarmienta. Yo de él hubiese cambiado de especie y, de paso, subido un tanto el listón. No sé, con los delfines, por ejemplo, a pesar del handicap que supone no tener manos para juntar al rezar el jesusito de mi vida, lo que cuesta prender una hoguera a cincuenta metros bajo el agua llegado el momento estelar e imprescindible de la Inquisición, o lo rematadamente mal que bucean las palomas. Y es que hay cosas que sólo se pueden hacer de una forma, cosa que no sucede, por ejemplo, con las torrijas. Será por éso.

Así que, Su Santidad, no es por nada, pero a alguien le están poniendo los cuernos con un mandril. Y no quiero señalar.
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