martes, 16 de marzo de 2010

Hugo Chávez no proviene del mono.

En contra de toda evidencia, los chimpancés no se cuentan entre los ancestros de Hugo Chávez. Las pruebas, obtenidas a partir de los salivazos expelidos por el mandatario durante sus alusiones a Aznar, han sido minuciosamente analizadas por el Instituto Etológico Iberoamericano de Estudios Antropofaunísticos.

Según las conclusiones e informes publicados por dicho Instituto, tanto Hugo como José María comparten no sólo el 102,98% del material genético, sino también una serie de hábitos sociales adquiridos, como son golpearse sonoramente los pectorales y la secreción de una hormona que les gotea de las axilas y con la que definen con suma exactitud los límites tanto de su territorio como de su inteligencia. El mencionado informe descarta al gorila en la niebla como eslabón los pretéritos de Hugo, conduciendo todos los indicios, no obstante, a la huella genética de un orangután que habitó hasta el siglo XVII la selva venezolana, de donde se sospecha procedería la heráldica de ambos mandatarios. La especie homínida aludida se extinguió a finales de ese mismo siglo debido a su tendencia a ahogarse con su propia lengua, afectados por una lesión congénita que imposiblita controlar normalmente el músculo lingual.

Fuentes de Interior venezolanas se han apresurado a desmentir, dado su marcardo carácter republicano, cualquier relación el Reino Animal o Vegetal con Hugo Chávez, ante las protestas de grupos ecologistas y defensores de los derechos de los animales.

El rey, que ha preferido mantenerse al margen también en esta ocasión, ha optado por la vía de la concordia mediante el envío, por vagina diplomática, de sendos alargadores de pene a cada uno de los implicados.

La reacción de ambos no se ha hecho esperar: Hugo ha eructado sobre un paquete de contratos firmados con multinacionales españolas, a lo que José María ha respondido cascando la concha de un galápago centenario a golpe de abdominales. Mutuamente impresionados, ambos han coincidido en considerar el resultado como un empate técnico.

Cantando bajo las lluvias.

Lloran algunas víctimas del empapamiento de estos tres meses recién pasados, la pérdida, sobre todo, de ellos mismos. Dicen que sus vidas han quedado bajo las aguas, volatilizadas por y entre los escombros reblandecidos. Las referencias de quienes eran, reflejadas en los objetos de su pasado, constituían sin ellos imaginarlo su presente y futuro.

Quizá sea así. Quienes nunca hemos perdido todo cuanto considerábamos nuestro, no podemos saberlo. Qué podría ser aquello que me convenciese de haber perdido de vista parte de mi vida. Puede que cualquier cosa, un objeto al que ahora no doy importancia. Tal vez nada logre acarrear esa sensación.

Pero, Señor, a pesar de todo, cómo me gusta la lluvia. La lluvia de verdad. La que se prolonga durante meses. Bien se qué canalla debe sonar viendo España Directo. Pero nadie se atenga a ofensas, que hablo de poesía líquida. Cierto que rezumo cierto placer en algunas desgracias, incluso debería avergonzarme por ello. Pero no lo consigo, quizá porque se trate de desgracias con trampa o mal interpretadas.

Me privan los ríos subidos de tono, anegando, fertilizando, pudriendo primero bajo el légamo para más tarde, purificar. Por eso, bajo el cielo gris que amenaza continuamente tormenta me siento como pez en el agua, y cuando detona el chaparrón deseo que nunca más escampe.
Le pese a quien le pese.
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