sábado, 7 de noviembre de 2009

Los límites de la legalidad.

Los mismos que vienen callando durante 20 años mientras los presidentes del gobierno de turno juegan al mus con asesinos despiadados, ven ahora imposible ceder a un chantaje como otro cualquiera, en el que la existencia de un puñado de currantes está encima del tapete, argumentando bobaliconamente una legalidad inexistente.

Va a resultar que, en el país de las ilegalidades, soltar a dos niñatos muertos de hambre (dicho ésto con el mayor de los respetos) va a suponer la quiebra del Estado de Derecho.

Pues miren ustedes, Sres. Magistrados, y una presunta mierda. No es necesario recordar cuántos delincuentes pululan por estas tierras pasándose, presuntamente, la legalidad vigente por el forro, sin que sus Señorías tengan los presuntos riles de tocarles un pelo.

Supongo que conducirse profesionalmente en los entresijos burocráticos, marcos de los tratados jurídicos internacionales y la normativa civil y penal común constituye para los miembros de la judicatura una vocación, casi una forma de vida. Pero estamos hablando de la realidad, de un mundo sucio y polvoriento que no sabe de pulcras togas de raso, ni paseillos sobre la alfombra de entre los bancos de la sala ni venias de Su Señoría. No necesitan su venia para volarle la cabeza a un tipo que se estaba ganando la vida.

Y si alguien tiene un aranzadi en el lugar que debía ocupar su conciencia y su humanidad, es su problema.

Si legalmente no pueden ser liberados, háganlo ilegalmente. Apuesto a que no se nota. Los ciudadanos, por nuestra parte, prometemos mirar para otro lado. También esta vez.

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