miércoles, 10 de diciembre de 2008

La Dictadura del Pollo Frito.

Saca Ganancias, Aunque Estafes.
Esta declaración estratégica podría convertirse en uno de los muchos desgloses posibles que pueden responder a las siglas SGAE, institucionalmente conocida como Sociedad General de Autores y Editores. De España.

Convertida en un todopoderoso Lobby, SGAE no ceja en su empeño de niña mimada gubernamental, que como buena piraña empieza por la uña, toma el dedo, la mano, el brazo y aspira, sin lugar a dudas, a saquear a tantos y cuanto le permita el dispar y desquiciado criterio de la estructura jurídica del país, donde a hacer de su capa un sayo se denomina sentar jurisprudencia. Es decir, sentar precedentes, sin tener en cuenta si los tales se atienen o no a Justicia. Basta con el carácter de pseudoley que le otorga el simple y discutible hecho de ser la opinión de un juez.

Comparado con otros asuntos, el robo por goteo a que nos somete el PSOE a través de su brazo armado, la SGAE, es del todo irrelevante. Soy consciente.

No obstante, me ha resultado imposible contener la necesidad de exponer una vez más esta actitud rateril, bajuna, abusiva y avalada por el BOE, con la que el presidente del gobierno ha derogado la presunción de inocencia de los ciudadanos de todo un país.

Una vez tomada la justicia por su mano, los tribunales van cediendo competencias a la banda de carteristas que dice gestionar los intereses de sus artistas reunidos -geyper-, que al día de hoy obtiene la validación de pruebas audiovisuales e indentificaciones obtenidas con métodos reservados exclusivamente a las fuerzas de seguridad del estado y bajo orden judicial. Es la dictadura del pollo frito, llamada así en honor al fundador de la dinastía.

La Red abunda en informaciones detalladas de los delitos y atropellos jurídicamente justificados que perpetrados, una vez añadida la obligación de abonar una cantidad a la SGAE por cada electrodoméstico o servicio capaz de distribuir, reproducir o grabar una imagen o sonido, así como todo soporte apto para contenerlos. Es decir, todo lo que no sea un microondas.

Lo que si resulta necesario definir es en qué punto les van a parar los pies, por más que existen ya algunas sentencias favorables a los denunciados -las cuales, paradójicamente, parecen no merecer la sentada jurisprudencial- visto que los medios y ambición de la SGAE parecen inagotables. La cosa, desde la perspectiva de las libertades civiles, no es para tomarla a broma. La moraleja que se desprende del film "1984" sólo necesita tiempo para hacerse realidad, en determinados aspectos, si no se concede un mínimo derecho al ciudadano a disfrutar gratuitamente del arte en sus múltiples formas, sin la incertidumbre de delinquir sólo por no ser sordo o ciego.

Hasta el momento y gracias a los programas P2P de intercambio de ficheros informáticos, es lícito reconocer que la disputa entre los amantes de la imagen y el sonido y la SGAE, queda en tablas. Y quizá es así como deba ser. Los autores crean, su obra les pertenece mientras no la donen voluntariamente y en las condiciones que, como propietarios, decidan. Pero por más creaciones que se dupliquen e intercambien, tanto la SGAE como los creadores e intérpretes saben que se siguen, y seguirán, vendiendo millones de copias originales, y que los "downloaders" compulsivos se limitan a acumular gigas de información que tal vez nunca lleguen a degustar. Una enfermedad relativamente común que a más de uno podrá costar un disgusto si nadie impide que la SGAE amplíe su red de "sniffers" de la red, recabando datos y pruebas para denunciar a gente que recopila obras para uso privado que, de todas formas, no piensa adquirir. Simple curiosidad. Pero no deja de ser un sabroso filón de ingresos si logran la cantidad necesaria de jurisprudencia -o necedad judicial, como se prefiera llamar-, que nos obligará en el futuro a insonorizar nuestras viviendas para que el sonido del Ave María de Bisbal no taña los martillos auditivos de algún vecino delincuente, o que prestar un libro se convierta en transacción ilegal de derechos adquiridos, o tener que demostrar ante un tribunal que mis fotos de insectos o flores, de las que soy único autor, no pertenecen a la Filial de Entomología y Botánica Digital de la SGAE.

Sirva como botón de muestra que la SGAE ha intentado, de momento sin éxito, que se juzgue ilegal el simple "recorta y pega" de un texto entre sitios web, aunque se cite la fuente autora.

De todo ésto, lo único inadmisible es la política de la SGAE de disparar a todo lo que se mueva, y la paulatina desprotección y permisividad al abuso hacia los ciudadanos que la aplicación interesada de una ley que, aplicada en sus justos términos y con las debidas reservas, podría ser incluso equitativa.

Por cierto ¿podrán dormir tranquilos los vecinos del pueblo de Arquillos, donde ha sido tomada esta fotografía? ¿podré dormir tranquilo yo mismo, por haberla tomado?

Libertad de impresión


Al margen de que Beatriz Montañez reúna en su persona un dechado de virtudes de toda índole absolutamente adorable -aprovecho para pedir, formalmente, su mano-; al margen de que el equipo de El Intermedio esté logrando proporcionar una contracorriente más que saludable en el detritus multimedia que avasalla a todo aquél empeñado en encontrar algo de calidad en la televisión; y al margen también de que el límite nunca debe significar la carencia de límites, ví y escuché hace unos días -en el transcurso del programa al que aludo- una opinión puesta por la Redacción en boca de Beatriz. Añadido a su arrebatadora presencia, Beatriz posee y utiliza un intelecto privilegiado, realzado con sorna por Wyoming en el simpático teatrillo que montan a diario para amenizar las andanadas de sentido común y humor conque, las más de las veces, nos deleitan a sus incondicionales y dejan tocados de ala a más de cuatro alfeñiques.

Comentaba Beatriz sobre los mensajes SMS que ruedan por los bajos de muchos debates -de o más variopinto- que se montan en las televisiones, haciendo hincapié en algunos de claro contenido xenófobo. Acto seguido, de sopetón, dejó caer que resultaba evidente que los mensajes enviados por los telespectadores, en tiempo real, eran incorporados a la emisión sin un, a juicio de los guionistas de El Intermedio, filtro previo.

Dicho lo cual, se quedó tan ancha. Y me quedó un regusto áspero. La impresión -libre impresión- de que se estaba solicitando una censura previa a la opinión de los ciudadanos. A su libertad de expresión.

Por mi parte, necesito sentirme libre de opinar -que no de actuar-, porque la sensación que, en uso de mi libertad inalienable, me causó, me llevó a una cavilación con puesta de carne de gallina incluida: que la teoría de los pensamientos únicos está conduciendo a la bipolarización de la libertad de expresión. Que cada uno de los polos empieza a exigir su cuota de censura sobre los planteamientos del polo opuesto.

La sociedad de cualquier época -y sobre todo la actual- es un compuesto enrevesado en el que los intereses y casuísticas se enfrentan y generan puntos de vista dispares, encontrados, dependiendo de la posición que cada cual ocupa dentro de este inmenso tablero de ajedrez.

Personalmente, la posiciones xenófobas me parecen del todo equivocadas. Como me lo parece la publicidad consumista. O la estampa de un alto cargo político arrodillado, idolatrando una imagen de yeso.

Me pregunto si mi orientación ideológica me otorga el derecho de censurar la libertad que, al igual que yo, asiste al resto de los seres humanos a expresarse. Más que nada, porque la situación podría ser perfectamente reversible.
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