martes, 3 de agosto de 2010

Juan el Ventrílocuo y otras nimiedades por el estilo.



Joan Carles de Borbón intentó en primera instancia y obedeciendo los cánones básicos, hacer entrar en razón al presidente del gobierno y persuadirle para que tomase THE CRISIS un poco en serio; los pobres resultados obtenidos le dirigieron hacia el BOSS de la oposición, blandiendo idénticas intenciones; y como de donde no hay raro es sacar, cabizbajo y ojeroso se refugia en sus aposentos, primero, y en sus reales distracciones y deberes constitucionales, después.


Pero Joan no es presa fácil si le tocan las campanillas, así que haciendo Gala como en Cinco Horas con Mario de la paciencia júhta y presisa para darle palique a un muerto u objeto tan sordo como inanimado y además quedarse tan ancho, allá que se me va a la IGLESIOTA de Compostela a lucir su azul y fino sentido del humor. Atraca por la retaguardia al barbado muñeco y susurra directo a la oreja de madera: "sálvanos, arráncanos de esta crisis que nos está matando, llevando al huerto de la Jet-Set y el Maní...". Para terminar la faena con el necesario decoro bueno hubiese sido que, aunque fuese moviendo tenuemente los labios como una maricarmen ventrílocua cualquiera, haber entrado al engaño haciendo contestar al Santo Poltrón de las españas: "ézo eztá jesho, maeztro", mientras el botafumeiro pajeaba sin prisa ni miramientos el punto G de la catedral. El despiporre. Si la vergüenza, entre ajena y torera, no me lo impidiese, pensaría que en este país ya no queda atisbo de dignidad.


Y ya que hablamos de dignidad y continuando con las nimiedades, mención especial para Barna, la ciudad con ley, la ciudad sin toros, la urbe más cara -o carera- del mundo incivilizado, donde los tauranos, los forofos de la selección de fútbol y los fans de Manolo Caracol se encarnan en una sola persona, como una trinitat sabia y fiera a un tiempo, la capital sin ciudadanos propios, la Nueva York del Tercer Mundo.


Así va transcurriendo el verano, como otro verano cualquiera, con sus turistas ahogados y despeñados, con sus pirómanos, sus bañistas soñando con vislumbrar la aleta del tiburón que dará un aliciente al tedio que siempre impregna el ocio, mientras se compadecen del buzo de la piscina o el vigilante de la playa, sospechosamente incombustibles, como de amianto. ¿Porqué no les enviarán a sofocar los incendios forestales?

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