lunes, 28 de diciembre de 2009

Sacerdocio célibe. Transtornos de la personalidad y tendencias delictivas. (I)

La costumbre consigue lo que no logran las razones: volver loca la aguja indicadora del sentido común. Así es como hemos llegado a contemplar como un hecho relativamente normal el que un hombre o una mujer decidan, voluntariamente, contradecir su instinto sexual y comprometerse a reprimir veinticuatro horas al día durante el resto de su vida el intenso cuadro emocional provocado por la atracción física hacia otro individuo. Y a este suicidio de la salud mental se le ha dado en llamar celibato (del griego celikos -celo- y kombato -luchar denodadamente contra algo-, es decir, combatir el celo)

El resultado ha sido el que cabía esperar: pocos hombres y mujeres atractivos y sanos mental y físicamente se han adherido a lo largo de la historia a la convocatoria pontificia. Por el contrario, en la carrera clerical (de alguna forma hay que llamarlo) han encontrado tradicionalmente la vía de escape ideal toda suerte de feos, contrahechos, incasables, homosexuales autodestructivos y depravados de amplio espectro, que la han visto más como una tapadera efectiva para sus chanchullos que como una vocación espiritual, cuando no acoge a débiles psíquicos ansiosos por escapar de la cruda realidad.

Un hábito religioso, al fin y al cabo, no deja de ser un uniforme, siendo frecuentes los casos en los que quien pasa a formar parte de un Cuerpo, ya sea eclesial o policial, buscan revestirse de la autoridad y relevancia social que por méritos personales serían incapaces de obtener.

Pero qué mal se lo montan.

Hay que ser tonto de baba. El sector católico en este país no es ni bueno, ni malo; es cretino, sin más.

Pidamos a Dios por estos niños inocentes e indefensos a los que se ha asesinado y no se le ha permitido hacer, para que los acoja en su misericordia y le conceda el don de... bla bla bla.

¿Pedir a quién, cerriles?

¿Acojer en qué misericordia, chalados?

¿Qué es elevar una oración? ¿pasarlas a copulativas?

¿Conceder qué don ni qué usted?

En lugar de buscar puntos de acuerdo comunes con todos aquellos que no apoyamos el aborto indiscriminado, estos alelados rebuscan la menor oportunidad para emplear su argot de párroco borracho y hacerle la pelota de paso a sus amigos invisibles extraterrestres.

Con tal enfoque de la cuestión, tengan por seguro que nadie en sus cabales, por muy antiabortista que sea, se acercará a prestarle su apoyo. Así que sigan con su retahila obsesiva, caduca y distorsionada, y tachen de cómplices de asesinato a quienes les miran desde la acera.
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