jueves, 19 de marzo de 2009

Farmacología humana.

El acierto de “El Lince” ha sido un grajo blanco, una diana excepcional al que no nos tienen acostumbrados.

Actuando a la contra -como es costumbre entre los agitadores sociales-, la Comisión Permanente de Fiscales de la Moral, indaga noche y día entre los boletines oficiales, las normativas en trámite de aprobación y los anteproyectos de ley buscando donde colocar el escollo, el punto débil más apto para atentar contra un maltrecho Estado de Derecho incapaz de hacer frente a la forma más sutil de terrorismo que ha conocido el país en las últimas décadas.

Por tanto, a nadie ha sorprendido la campaña que prepara el Vaticano, a través del comando integrista “Conferencia Episcopal” que opera en nuestro país, que arremete una vez más contra la ciencia puesta al servicio de la enfermedad.

El argumento, en esta ocasión, se limita simple y llanamente a calificar de “inaceptables” las prácticas médicas conducentes a concebir hijos con el único propósito de salvar la vida de un hermano preexistente.

La respuesta, precipitada e irreflexiva, no pasa de ser una torpe zancadilla sin más pretensiones que “meter baza” y estorbar, a cualquier precio.

Y digo ésto porque, hasta el día de hoy, los bebés han sido concebidos por sus padres para curarse a sí mismos o a sus hermanos de ésta o aquélla enfermedad que les aquejaba.Que alguien aclare cuál es la diferencia.

Cuántos bebés no han venido al mundo para evitar que su hermano estuviese sólo.

Cuántos han sido concebidos como un intento de solventar una crisis de pareja, convencidos de que su venida paliaría las carencias afectivas entre los cónyuges.

Cuántos otros por simple presión social y familiar, porque “hay que tenerlos”.

O por el desenfreno sexual de sus progenitores, conocido popularmente como “por no sacarla a
tiempo”.

O con la premeditación de un plan de pensiones, a sabiendas de que los hijos constituyen un refugio fiable, llegada la vejez.

Y, en casos extremos, porque estamos persuadidos de que un Dios nos ordena superpoblar este mundo hasta que reviente en un espectacular Apocalipsis, con miles de millones de muertos levantándose de sus tumbas (el antídoto lo cubre la Seguridad Social)

Todos nacemos para paliar una enfermedad, una necesidad de alguien que formará parte de nuestro entorno más íntimo. Pero también es cierto que, casi desde el primer instante, la mayor parte de nosotros nos hemos sentido amados por quienes nos hicieron, independientemente de las causas que les motivaron.

Y esta justificación es tan válida y formal como cualquier otra, por mucho que estos filósofos de saldo quieran enredar la madeja con argumentos mas encuadrables en el ámbito de la parapsicología que en el firme sustrato de la lógica y la sensatez.

Pronto olvidan que lo que la Curia practica asiduamente y denomina, eufemísticamente ,“Solicitaciones”, no es sino la utilización de los niños como un medicamento. El remedio repugnante que mitiga temporalmente la enfermedad común de los sacerdotes católicos: aliviar los síntomas del putrefacto órgano en que la represión sexual convierte su pervertida sesera.

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