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jueves, 6 de agosto de 2026

Por qué ni el Capitalismo ni los empresarios son, y nunca han sido, necesarios.

El único argumento con el que se autojustifica el capitalista y el Capitalismo se resume en una frase que nos han repetido con la pesadez e insistencia de un martillo pilón durante dos siglos:

“El empresario invierte, genera empleo y asume el riesgo; sin él, el trabajador no tendría ni pan que llevarse a la boca”.

Como si el trabajador fuera un huérfano desvalido esperando que un magnate de corbata azul le conceda el milagro de un sueldo. Pura mitología. Y como toda mitología, está hecha para que los de arriba sigan arriba y los de abajo crean que su sitio natural es la gratitud eterna.

Pero resulta que los trabajadores, esos vagos a los que el Capitalismo supone incapaces de atarse los cordones sin un patrón, demuestran cada día desde hace décadas que no necesitan a ningún “creador de empleo” para ganarse el pan y vivir dignamente.

Las cooperativas de trabajo asociado son la prueba viviente de que el empresario es un complemento innecesario, un peso muerto, un apéndice extirpable que la historia mercenaria se ha encargado de sobrerrepresentar.

La Organización Internacional del Trabajo lo confirma: las cooperativas registran mayor tasa de supervivencia, niveles superiores de productividad y empleo más estable que las corporaciones tradicionales. Es decir, funcionan mejor.

Sin jefes.
Sin accionistas parasitando el sudor de otros.
Sin “riesgo empresarial” que luego pagan los de siempre.

Mondragón, el gigante cooperativo vasco, factura 11.213 millones de euros y genera 632 millones de beneficio sosteniendo el empleo de más de 70.000 personas. La diferencia retributiva entre el que más cobra y el que menos es de 1 a 9, mientras que en una empresa del Ibex esa horquilla supera con creces el 1 a 100. ¿Que no es posible competir sin explotar? Pues Mondragón compite y gana. Y no necesita ningún “emprendedor” iluminado.

En Cataluña, más de 3.500 cooperativas de trabajo representan el 74% del cooperativismo catalán. Empresas como Mol-Matric, nacida en 1982 del relevo cooperativo, llevan cuatro décadas demostrando que los trabajadores pueden diseñar matrices para la automoción y el ferrocarril sin que ningún capitalista les diga cómo. Y no son casos aislados: Manclús, Cartonajes Aitana, Alfombras Sherlimp, Gramagraf, Metalva… pymes recuperadas por sus plantillas que han salvado cientos de empleos y resisten crisis tras crisis.

En Argentina, las empresas recuperadas por sus trabajadores han creado sus propias organizaciones e incluso han tenido representación en el gobierno. No esperaron a que un empresario las salvara. Se salvaron ellas solas. Porque la Clase Obrera no necesita un salvador, necesita que le dejen hacer lo que sabe hacer.

Son decenas de miles de cooperativas obreras por todo el planeta, hombres y mujeres demostrando cada día lo que muchos se tapan los ojos para no ver, cómo sus esquemas inamovibles de fachapobre se desmoronan.

El Capitalismo nos ha vendido la idea de que sin él todo es caos. Pero el caos es precisamente lo que genera cuando una empresa cierra y el dueño se va con la caja mientras los empleados se quedan en la calle.

El cooperativismo, en cambio, preserva la actividad económica y los puestos de trabajo ante el cierre, la jubilación del propietario o los problemas financieros. No es caridad, es eficiencia.

La realidad es tozuda: los trabajadores pueden organizarse, producir, competir y repartirse los beneficios sin que nadie les de permiso.

El empresario no es imprescindible. Nunca lo fue. Solo ha sido el que ha puesto el cartel, el que ha cobrado el peaje, el que ha firmado los cheques y disfruta de mansiones, yates y estrena deportivo cada seis meses con la riqueza que otros generaban.

Así que la próxima vez que alguien hable del “riesgo” del empresario, recordemos que el verdadero riesgo lo asume el trabajador cuando el empresario decide unilateralmente despedir, trasladar la producción o cerrar.

El Capitalismo no es necesario. Es un lujo impagable a costa y sobre el lomo de los de siempre. Y las cooperativas llevan décadas demostrándolo.